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martes, 25 de agosto de 2020

Cénit, ocaso y plenilunio - Anima: Beyond Fantasy



"Fue cuando el Sol se ocultaba por el horizonte cuando vine al mundo, flaco, raquítico y moreno.
Y las sonrisas se congelaron, y las risas murieron."

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Cénit, ocaso y plenilunio.

Mi nombre es Magnus Solomon Oxium y es hora de contar mi historia.

La mía es la historia de una antigua profecía, de un noble linaje, de una casa de héroes y de una eterna desgracia.

Una historia de traición, guerra, fuego y venganza.

La historia de mi familia y de su caída.

Pero es por el principio por dónde debemos empezar los mortales nuestras historias, hemos de remontarnos tanto como permita la memoria del hombre. La memoria de un hombre que una vez olvidó; pero que esta vez ha de recordar.

Los rubios cabellos y claros ojos de nuestra familia, los Oxium, provienen de los aion, los antiguos habitantes del imperio olvidado de Sólomon. Nuestra estirpe siempre fue una casta marcial, nuestros ancestros fueron poderosos nobles guerreros que lucharon junto a Zhorne Giovanni contra Rah y sus demonios en la Guerra de Dios. Una vez acabada la contienda fuimos recompensados con un amplio territorio en Dalaborn, al norte de Abel, y nos fue encargada la misión de defender al Imperio de sus enemigos, ya fuera de los bárbaros del Norte o de cualquier otra impía amenaza.

Nuestro ilustre antepasado, Alexei Oxium, fue proclamado Archiduque por la gracia del Emperador del territorio desde Puerto Lena hasta Pernov, nuestra capital. Es al primer Archiduque al que debemos el blasón de nuestra casa, un sol dorado sobre un fondo negro.

Los siglos se sucedieron y en su curso el feudo de los Oxium se convirtió en el último baluarte, la infranqueable frontera con el salvaje Norte de Goldar. Gracias a nuestros ancestros fue posible la conquista de sus tierras malditas y heladas. Los Oxium sangraron y murieron en la tundra y las llanuras nevadas de la Meseta Argadas, por el Imperio y por su Emperador, por el honor y la gloria, por la victoria o la muerte. Y nosotros continuamos recordándolos. Es tradición relatar sus historias a nuestros niños desde la cuna. El valor de la costumbre es fuerte en Dalaborn, tanto que llegó a convertirse en habitual que el señor de la casa transmitiera de esta forma el valor de sus antepasados a sus vástagos varones. Pero no fue ese mi caso.

Padre, el Archiduque Magnus Zhorne Oxium, siempre estuvo demasiado ocupado como para contar cuentos a sus hijos. Los asuntos del feudo y su relación con el Príncipe y Señor de la Guerra, Tadeus Van Horsman arrebataban la totalidad de su tiempo. 

Por supuesto, durante los recientes episodios en Arkángel que derivaron en la muerte del Emperador, Padre movilizó sus ejércitos en defensa de la Emperatriz, la legítima heredera al trono. Fueron sus tropas las que sacaron a Van Horsman de prisión, hazaña que por la que el Señor de la Guerra comenzó una duradera y fraternal relación de amistad con mi padre.

Gracias al apoyo que los Oxium habían prestado a la causa de la Emperatriz, Su Excelencia, a instancias del Señor de la Guerra, nos recompensó con un asiento en el Alto Senado, lo que aumentó el estatus de la familia al de alta nobleza, para envidia de muchos de los rivales políticos de Padre.

No es fácil dilucidar cuáles fueron las razones de Padre para dar a sus hijos una educación ajena al estado político de nuestra Casa en el Imperio. Por ese entonces me enervaba, pero ahora entiendo que quizá tratara de protegernos.

Alfred siempre nos dijo que Padre era un señor feudal amado y respetado por su pueblo, jamás abusó de su poder y de entre sus virtudes se destacaba la justicia. Fue toda su vida un hombre severo, de gesto grave, altivo y orgulloso como buen aristócrata, y, por supuesto, destacó en su juventud por su enorme destreza marcial, como todo buen miembro de la Casa Oxium. Sin embargo, pese a todas sus virtudes, no estaba carente de enemigos, en su mayoría competidores políticos de casas más jóvenes que la nuestra que ansiaban su poder y condición.

Padre necesitaba reforzar su posición con un heredero, un hijo a quien transmitir todos sus conocimientos, a quien educar en el código de honor, a quien curtir en las virtudes del noble caballero dalense.

Y no hubo hijo que encarnara mejor estas virtudes que Gwynn, el primogénito, el Sol en su Cénit. Poderoso y deslumbrante. Apuesto, varonil y orgulloso, el hijo que todo aristócrata habría deseado. Brillaba tanto, con su dorada armadura recién bruñida, que dolía mirarlo. Fuerte, valiente y carismático, un líder nato en toda regla…y un auténtico idiota.

Gwynn era confiado y generoso; se empeñaba en buscar todo lo bueno en las personas, por muy deleznables que hubieran sido sus acciones; jamás fue capaz de hacer daño a nadie, siempre obsesionado con proteger al débil y hacer justicia. Pensaba que todo el mundo merecía una oportunidad, que todo el mundo tenía su noble y dorado corazón.

Pero se equivocaba, y yo lo odié por eso.

Gwynn, el ansiado heredero, fue esperado con ilusión por todo el mundo. Ya habían preparado una gigantesca alcoba para el bebé, una cuna dorada y cientos de regalos. Padre organizó una magnífica fiesta con todos sus vasallos, el propio Horsman asistió al evento. Y con el Sol en su cénit nació él, bello, robusto y rubio. Llovieron los pétalos de flores, sonrisas y gozo.

Pero el vientre de Madre todavía no estaba vacío. Gwynn no venía solo. La segunda criatura prolongó largas horas su nacimiento. Una auténtica agonía para ella, que sufrió lo indecible para dar a luz a alguien que siempre prefirió la sombra. Fue cuando el Sol se ocultaba en el horizonte cuando vine yo al mundo, flaco, raquítico y moreno. Y las sonrisas se congelaron, y las risas murieron.

Madre jamás se recuperó por completo del parto doble. Las complicaciones al darme a luz habían sido demasiadas. Se convirtió en una mujer débil y enfermiza, pasaba postrada en cama la mayor parte del tiempo, rodeada de una legión de doncellas que atendían las múltiples necesidades de su frágil señora. Jamás se preocupó por nosotros, y nosotros jamás la necesitamos.

Fue Alfred, nuestro mayordomo, quien se ocupó de criarnos. Nos enseñó todo sobre lo que significaba ser noble, el protocolo de la Corte, el arte de persuadir y conseguir todo lo que nos propusiéramos. Por otro lado, Padre siempre fue algo frío hacia nosotros, especialmente hacia mí. Su actitud por lo común solía ser de indiferencia, únicamente se preocupaba por los progresos que llevábamos a cabo durante nuestros estudios. Pese a esto, crecí escuchando las hazañas de nuestros antepasados, a los que siempre vi reflejadas en la figura de Padre, él era mi héroe, mi ejemplo, mi meta. Y decidí que quería ser como él.

Cuando cumplimos la edad necesaria, Padre le asignó a Tíndaro, un sabio de Ilmora, la tarea de educarnos, por lo que se convirtió en nuestro tutor. El viejo Tíndaro estaba versado en todas las materias en las que existía conocimiento humano, por lo que se ocupó de que aprendiéramos al menos un poco sobre todas ellas. Y así aprendimos ciencia y herbolaria, historia y medicina, ocultismo y equitación. Pero también a apreciar el arte, el baile, la forja y la música.

No fue hasta cumplir los ocho años cuando empezamos nuestro entrenamiento marcial, que parecía que era lo único de lo que el viejo no tenía idea alguna. Esta fue encargada a Syrio, un antiguo templario de la orden de los Tol Rauko, amigo de Padre. Fue Syrio quien nos enseñó a dominar la espada, a luchar como caballeros, el honor y la gloria del combate. Pero también nos enseñó a montar, a cazar y a sobrevivir. Siempre se nos dijo que el peligro podía acechar en cualquier rincón, y nos prepararon a conciencia para combatirlo. 

Gwynn y yo entrenábamos juntos, bien el uno contra el otro, bien los dos contra nuestro maestro. Fue entonces cuando nació mi rivalidad por mi hermano. Hasta entonces no había sido consciente de la discriminación que había sufrido por ser el segundo hijo. Él siempre había recibido un trato especial por parte del servicio, incluso de nuestros padres. Madre dijo una vez que su hijo era una bendición de Dios. Y sí, “hijo”, en singular. Jamás me amaron como lo amaban a él.

Al cumplir los doce años, Padre nos hizo un inesperado presente. Dos espadas gemelas, una para cada hermano. La de Gwynn era gualda y reluciente, la mía argentada y mate. Él la llamó Áurea, la Espada del Mediodía, yo la llamé Ténebra, la Espada del Ocaso. Y cuando, esa misma mañana, cruzamos aceros, saltaron verdaderas chispas y un poder desconocido nos recorrió a ambos.

Fui yo el que mordió el polvo esa vez, como siempre.

Mi mellizo era perfecto, sí; pero nunca valdría para gobernar, le faltaba astucia, perspicacia y pragmatismo. Era incapaz de leer entre líneas y de ver las intenciones de la gente más allá de sus falsas sonrisas. Jamás habría sido capaz de manipular en condiciones. Inútil. No estaba hecho para esto, era demasiado para él. Discutía mucho con Padre, bastante a menudo, nunca me entrometí demasiado en sus peleas, Magnus Zhorne Oxium era verdaderamente terrorífico cuando se enfadaba. La relación entre Padre y Gwynn siempre fue tensa, realmente desconocía las razones. A mí me valía con que le echara la bronca a menudo, al menos había alguien que lo pusiera en su sitio.

Yo nunca fui capaz de hacerlo.

Él siempre fue perfecto, demasiado. Ambos crecimos altos, fuertes y corpulentos, pero él siempre me superaba con creces en todo. Ni siquiera entrenando por mi cuenta lograba nunca derrotarle. Y eso hizo crecer en mi interior un profundo rencor que no tardó en convertirse en odio. Luchaba contra él sin esperanza, pero con furia. Su altivez me hervía la sangre, su sonrisa de suficiencia mientras me desarmaba…maldición, como lo odiaba.

Pero ¿juntos? Éramos imparables. Combatíamos codo con codo contra nuestro maestro, su pericia y mi furia combinadas pusieron en aprietos a Syrio en más de una ocasión. Y mejorábamos más y más cada día. Hasta que logramos derrotarlo. Jamás he sentido tanta dicha como en ese momento. Ver a nuestro experimentado y marcial tutor en el suelo, desarmado y mirando con expresión de extrañeza a esos dos hermanos, uno dorado y otro oscuro. Dos auténticos paladines de Oxium. Las dos caras de una misma moneda.

Y todo podría haber ido bien, hasta que el tercero vino al mundo.

Madre volvía a estar embarazada, y, dado su frágil estado, los médicos temieron por su seguridad. Fueron unos días muy tensos en el castillo, todo el mundo estaba nervioso, incluso Padre, normalmente distante; estaba especialmente irascible. Sólo Gwynn era el único extasiado, sonreía a todo el mundo ampliamente y anunciaba por doquier que iba a tener un nuevo hermano para jugar.

Odié a Midas mucho antes de conocerlo.

Madre dio a luz al tercer hijo de la Casa Oxium durante el plenilunio, a la luz de la luna. Entre terribles dolores nació una criatura endeble, deforme y enfermiza. Me sentí profundamente decepcionado, aunque ver la cara de estupefacción de Gwynn al presentarle a su nuevo hermano casi mereció la pena. Casi.

Pronto el bebé se llevó la atención de todo el castillo, casi todos los sirvientes estaban al servicio de ese insignificante llorón. Padre veló a Midas durante muchas noches, algunas de ellas en compañía de Gwynn. En cuanto a mí…bueno, quizá se me pasara por la cabeza apretar bien fuerte una almohada contra su cara hasta que dejase de llorar de una vez. Puede que quizá unas pocas más veces de las necesarias.

Midas creció rápidamente, pero no como todos habrían esperado de un Oxium. Había nacido como un ser endeble y enfermizo a la luz de la Luna, y verdaderamente parecía que el astro lo había maldecido. Nos decepcionó a todos. A Padre, porque esperaba que se convirtiera en un gran guerrero, como Gwynn y yo. A Madre, porque esperaba una mujer. A mí, porque de verdad lo había considerado una amenaza, cuando más bien era un insulto. En cuanto a Gwynn, bueno, siempre fue un caso perdido.

Gwynn amó desde el principio al benjamín de los Oxium, le contaba historias antes de dormir, le montaba en su caballo, jugaban y reían juntos a menudo. Por otro lado, yo volqué todo mi rencor, mi furia y mis sentimientos negativos en la persona más vulnerable que encontré. Era un blanco perfecto, diminuto, de facciones andróginas y unos ojos grandes, bellos y curiosos que lo observaban todo como si fuera la primera vez. Me sacaba de quicio.

Midas resultó mucho más útil de lo que me pareció en un principio. Con mi hermano pequeño aprendí a golpear de tal forma que no quedara marca, a manipular la comida para convertirla en veneno, a provocar miedo, a manipular a los sirvientes para que no dijeran nada a Alfred o a Padre. Pero Gwynn siempre me impidió llegar demasiado lejos.

Su enorme ego le impedía quedarse parado mientras se abusaba de su enclenque hermano menor. Desenvainaba su arma y me miraba, desafiante. Retándome a tocarlo.

Lo protegía de mí.

Y hacía bien…porque de haberme dejado llevar puede que lo hubiera matado.

Y de esta forma crecimos los hijos de la Casa Oxium, y los años pasaron con celeridad. Poco a poco Midas fue agradando cada vez más a nuestros Padres, que comenzaron a vestirle como si fuera una mujer. Demostró ser mucho más capaz en aquellas artes reservadas a las damas que en la senda del guerrero. Demostró estar bendecido con un poder fuera de nuestro entendimiento. Todos quedaron satisfechos, y la decepción se tornó en complacencia.

Midas se convirtió en Medusa.

Por supuesto, yo jamás lo acepté y continué con mi actitud de siempre. El honor de un caballero me habría impedido hacer tales cosas a una mujer, por ello, Él no podía ser una mujer.

Paulatinamente, todos nos fuimos acomodando. No era feliz, ¿cómo podía serlo siendo un segundo hijo destinado a nada? Pero al menos contaba con Ténebra, mi única amiga, y la esgrima.

Hasta ese fatídico día.

Fui despertado por Alfred en mitad de la noche, tenía horribles quemaduras en su brazo, aunque no parecía notar dolor alguno. Sus ojos estaban sumamente abiertos, su expresión era de horror. Llevándose un dedo a los labios me susurró que saliera de la cama, por lo que me puse de pie de un salto y agarré mi espada al instante. Pronto me llegó el olor a humo y comencé a sudar por el calor.

Al salir ambos de la habitación escuché el sonido de un combate cercano. Los aceros entrechocando, los gritos de los hombres moribundos, las órdenes desesperadas, el crepitar del fuego y a Gwynn; su grito de batalla resonaba en el fragor de la lucha. Casi podía escuchar el silbido de Áurea al ser empuñada.

Me preparé para luchar.

Y él me lo impidió.

Alfred me agarró del brazo con fuerza y negó con la cabeza. En su mirada, en los ojos grises del hombre que me había criado había súplica y pavor. Fue eso lo que me hizo vacilar. Envainé la espada y lo seguí hasta la habitación de Midas, Alfred tomó a mi hermano en brazos y nos dirigimos hacia la parte sur del castillo, lejos del combate.

Escapamos de allí lo más rápidamente que pudimos. Alfred conocía mejor que nadie el camino entre los estrechos pasadizos de piedra en las catacumbas. Cuando finalmente salimos a la superficie eché la vista atrás y lo vi.

El espléndido Castillo Oxium, sede de nuestra familia desde los tiempos del primero de los Emperadores, último bastión del Imperio, la Fortaleza Inexpugnable.

Estaba en llamas.

Mi hogar, el legado de mi padre, se había convertido en una gigantesca pira, cuya columna de humo se perdía en el cielo nocturno.

Ahora estábamos solos, Alfred, Midas, Tenebra y yo.

Cualquier ambición, cualquier sentimiento y cualquier deseo que pudiera haber tenido antes de ese día ardieron hasta tornarse cenizas.

Y en el hueco que dejó sólo cabía una cosa: venganza.

Y con toda la furia que el odio pueda darme, juro que conseguiré mi objetivo.

Yo, Magnus Solomon Oxium, juro venganza.

Que mis enemigos teman la Espada del Ocaso, pues ni la muerte podrá detenerme.

martes, 21 de julio de 2020

Historia de Aaron De la Roche - Anima: Beyond Fantasy



"El cazador siguió el rastro de sangre y llegó a la madriguera de la bestia."

Junto a muchos otros niños, Aaron fue abandonado en una cesta de mimbre a las puertas de un convento. Sólo quedaba un monje en aquella tierra alejada de la mano de Dios y éste al principio acogió a todos los niños con agrado. Les alimentó y enseñó a leer y escribir. Fue él quien les bautizó, cogiendo nombres que extraía de los textos bíblicos. Les cuidó cuanto pudo. Sin embargo, conforme comenzaban a llegar nuevos recién nacidos el monje tuvo que expulsar a los más mayores, los que habían sido los primeros en llegar. Al fin y al cabo solo era un monje, no tenía pan y miel para alimentar a tantas bocas.

Al principio medraron por la ciudad todos los niños juntos, como hermanos, ganándose el pan robando y mendigando; pero pronto comprendieron que era más fácil sobrevivir en solitario y tuvieron que separarse.

La ciudad era bulliciosa y para un pequeño criminal había muchas formas de ganarse la vida, pero Aaron no era así. No le gustaba tener que vivir a base de hurtos y limosna, por lo que pronto volvió al pueblo que lo había visto nacer y buscó una forma honrada de ganarse la vida. Cargar un carromato, llevar recados de un lado a otro, escribir alguna que otra carta… cosas simples. No tardó mucho tiempo en verse atraído por el bosque. Aquel que en su tierna infancia había visto como un lugar plagado de peligros ahora se convertía en un acervo de oportunidades.

Al principio, tan sólo recogía algunas plantas para venderlas en el pueblo o cazaba algunos peces en el arroyo. En cuanto pudo comprarse un cuchillo se hizo su propio arco y flechas y aprendió a usarlos por sí mismo. Comenzó a cazar, al principio por su propia subsistencia, más tarde para vender la carne y piel de sus piezas en el pueblo. Comía mejor que muchos lo que le permitió crecer alto y ágil. Su tiempo libre lo dedicó a entrenar su destreza con el arco.

Aaron era un lobo solitario, apenas había tenido algo parecido a una familia y la había abandonado por cuestión de supervivencia. Vivía, cazaba y dormía solo, en el bosque, tan lejos de la civilización como podía, pero sin cortar del todo los lazos con ella. La foresta se convirtió en su hogar, uno muy distinto de aquella horrible ciudad donde había pasado su sus primeros años fuera del convento. Por eso, a la vez que se enamoraba de la naturaleza, aprendió a odiar las minas y factorías de La Roche.

El joven comenzó a hacerse famoso por todo el pueblo, se decía que su destreza con el arco era algo sobrehumano, y ciertamente algo había de sobrehumano en la dirección de las saetas y en el instinto de cazador de Aaron. Su fama le condujo a nuevos trabajos. Esta vez no se le pedía cazar simples animales del bosque, sino auténticas bestias. Arañas gigantes de ojos múltiples, rugientes árboles carnívoros, terribles osos y jabalíes enfurecidos…

Y verdaderamente estos seres de la era de Rah eran terribles para el más común de los habitantes de Gabriel; pero Aaron era un cazador nato y para él no suponían un reto. Con la plata que ganó pudo conseguir las herramientas necesarias para construirse una pequeña choza en las afueras del bosque, cerca del pueblo. Compró buen acero para sus flechas y alguna que otra muda de ropa. Comprendió a sus veinte años que la plata te hacía vivir mejor.

Sabiendo esto comenzó a aceptar otro tipo de trabajos. Se pagaba buena plata por las bestias, pero el precio de los hombres era el oro. Y Aaron, cegado por la codicia, se convirtió en cazador de hombres.

Vendió su arco a distintos amos, fue mercenario, guardaespaldas y también asesino. Su fama como tirador alcanzó la propia ciudad y sus postores no dejaron de aumentar.

Fue así como Aaron aceptó un trabajo de protector de una caravana mercante que partía de La Roche hacía una ciudad cercana. Y así fue como conoció a su amada.

Judith era la hija del contratante de Aaron. Una mujer nacida en una próspera familia burguesa de La Roche. Algo en los rudos modales del cazador atrajo la atención de esta recatada mujer, y es menester decir que nuestro buen protagonista pasó una agradable noche en el carruaje de la dama.

Su indulgente padre no pudo negar a su hija su bendición y terminado el trabajo ambos, Aaron y Judith, se fueron a Treville donde los casó el monje del convento.

Cuando Judith dio a luz a Isabelle, Aaron decidió dejar su vida de mercenario. Vendió su cuero tachonado y su espada corta. Su pasado había acabado por avergonzarle y la familia fue la excusa que necesitó para huir de él. De todos modos, ya tenía suficiente dinero como para vivir opíparamente el resto de su vida.

Judith le dio a Aaron dos hijos más, Pierre y Jean, ambos varones. La tranquila vida de Aaron dio un vuelco con la llegada de los niños. Isabelle había sido una niña muy buena, pero sus hermanos eran harina de otro costal. Dos bebés rollizos, chillones y hambrientos. El apacible bosque se llenó de risas y de llantos. Era bueno no estar solo. Aaron todavía recuerda esos años como los mejores de toda su vida. Especialmente recuerda el momento en que enseñó a Jean a usar el arco y lo orgulloso que se sintió cuando acertó por primera vez en el blanco.

Conforme el tiempo pasaba y sus hijos crecían la vida de Aaron se iba volviendo cada vez más monótona, rutinaria y aburrida. No es que no disfrutara siendo padre de familia, pero no era a lo que estaba acostumbrado. Constantemente tenía deberes que le requerían, bien con su mujer, bien con sus hijos. Cuando sus hijos nacieron se prometió a sí mismo ser un padre cercano y atento. El sabía lo que era la vida de un huérfano y no deseaba lo mismo para sus hijos.

No se dio cuenta de que ello iba en contra de su propia naturaleza. El bosque lo llamaba constantemente, el deseo de volver a tomar el arco y correr entre los árboles. La emoción de la caza, el olor del musgo, los nocturnos sonidos de la foresta…lo echaba de menos.

Isabelle se convirtió en una hermosa joven de grandes ojos verdes, al igual que su madre, y los alrededores de la casa de Aaron se llenaron de garrulos pretendientes que éste espantaba con un par de flechas. Sin embargo, su padre no pudo evitar que conociera a un muchacho en el pueblo, el apuesto hijo de un próspero mercader. No tardaron mucho en enamorarse y antes de darse cuenta Aaron ya estaba dándoles su bendición con lágrimas en los ojos.

Marcharon a vivir a la ciudad, a la casa de los Argent, la familia de Nathan. Fue duro separarse de su pequeña, pero todavía más aceptar que se había convertido en una mujer. Aaron se topó con el problema de que no saber cómo desahogarse, y eso lo entristeció.

Por otro lado, Judith durante muchos años había vivido feliz con su marido y sus hijos, pero con el paso del tiempo su complacencia se tornó en molesta resignación. Ella se había criado en el barrio mercante de La Roche, en el seno de una familia próspera y acomodada. Y ahora vivía en una simple choza en el bosque. Recordaba su vida anterior con melancolía y por ello comenzó a pedir a Aaron dinero para cubrir ciertos gastos. Su plan era decorar y re-decorar el hogar familiar, buscando así un lujo que le hiciera olvidar todo lo que había perdido. 

Su marido aceptó de buena gana, lo que fuera para contentar a su amada esposa. Pero los gustos y caprichos de Judith fueron tornándose cada vez más caros y el oro que antaño había parecido suficiente, no tardó en agotarse.

Nuevamente Aaron tuvo que descolgar el arco (no tan a su pesar como debiera) y cazar bestias de nuevo. Seguía pagándose plata por ellas, pero Aaron ya no era el joven experto que una vez había sido. Seguía siendo diestro, sí, pero ya no era tan ágil, ni tan vigoroso.

Comenzaba a estar viejo para la vida de cazador.

Fue en este periodo en el que trabajó como explorador para los nobles de la ciudad y como guardabosques del pueblo, ganándose de nuevo su simpatía. Pasaba entonces mucho tiempo en el bosque, alejado de su casa. Al fin y al cabo, siempre había sido el bosque su auténtico hogar. El día y la noche pasaban sin que se percatara mientras seguía el rastro de su presa.

Aprovechó sus idas y venidas a la ciudad para visitar a su hija, teniendo que esquivar a los guardias que no permitían que alguien como él visitara aquellos barrios pudientes. Su yerno había heredado el negocio familiar y realmente le iba muy bien en los negocios. Isabelle vivía como una princesa de cuento y eso hacía feliz a Aaron.

Judith estaba complacida porque el dinero volvía a llegar a casa, sus hijos crecían altos y fuertes, y Aaron volvía a ser libre. Todo era perfecto.

Cuando llegó el invierno y volvió a Treville tras dos lunas de viaje y descubrió que su casa estaba en ruinas. De Judith, Pierre y Jean no había ni rastro. Solo una enorme mancha de sangre en el suelo cubierto de nieve. Al preguntar en el pueblo le dijeron que había sido un enorme oso negro. No se detuvo a llorar su muerte, apenas pudo hacerlo. No había rabia ni sed de venganza, sólo el frío del invierno. No sentía nada.

Siguió el rastro de sangre y llegó a la madriguera de la bestia. Dormía plácidamente, con una flecha clavada en su pata derecha. Jean había logrado alcanzarle.

El cazador dormido despertó dentro de Aaron. La punta de sus flechas se impregnó al instante de fuego mientras que el olor a la sangre de la bestia inundaba sus fosas nasales. Descargó una ráfaga de llameantes flechas contra la enorme alimaña. Esta despertó enfurecida y agonizante, y aún tuvo el suficiente tino como para arañarle con sus zarpas en el rostro, dejando tres profundas cicatrices con forma de garra y casi arrancándole un ojo.

Ni siquiera entonces Aaron vaciló. Saltaba, se movía y disparaba tan rápido como sus viejos músculos le permitían, henchidos ahora de una nueva fuerza instada por la sangre. No se detuvo hasta que el carcaj se vació a su espalda, mucho después de que el cadáver de la bestia yaciera inerte sobre su propia madriguera.

Sólo entonces Aaron soltó el arco y lloró la muerte de su familia. Nada le quedaba ya de ellos. ¿O tal vez sí?

Despellejó allí mismo al animal. Llevó su piel hasta lo que quedaba de su cabaña, donde la curtió y tachonó durante varios días hasta que se tornó dura y flexible. Utilizó el cuero para confeccionar una armadura de cuero. Mientras lo hacía escuchaba todavía los ecos de las risas de Jean y Pierre y la melosa voz de su amada Judith.

Lo había tenido todo, y ahora lo había perdido. El bosque volvió a quedarse frío y vacío.

Buscó en los restos de su casa y lo único que encontró fue su pequeño baúl, repleto de monedas de oro. Había sido el dinero lo que lo había empezado todo. Pensó deshacerse de ellas en el río, pero no fue capaz. El ya no las necesitaba ahora, pero puede que su hija lo hiciera algún día.

Desde aquel momento, Isabelle comenzó a odiar a su padre, afirmó que tendría que haber estado allí para haberlos defendido. Que debería haber muerto allí. Que ahora estaba muerto para ella. Eso le dijo.

Fue gracias a los vecinos del pueblo como se enteró de que Isabelle estaba embarazada. Sería abuelo pronto. Quizás su hija le dejaría acercarse al bebé cuando este naciese. Hasta entonces tendría que conformarse con frecuentar la ciudad desde las sombras y vigilar desde la distancia a ella y a su yerno. 

Realmente no les va mal. Seguramente mejor que como les iría con él.

En cuanto a él, bueno, han pasado ya un puñado de años desde lo que ocurrió. Reconstruyó su cabaña y ahora sólo caza para alimentarse. Su leyenda y las historias sobre el Cazador que se cuentan en el pueblo mantienen a salvo Treville y el bosque de extranjeros.

Su vida es más sencilla y humilde que nunca, pasa la mayor parte del tiempo solo, tocando la flauta y pescando en el arroyo mientras acaricia su armadura, soñando con la familia que tuvo y perdió.

Con un vacío interior que nunca podrá volver a llenar. Con un sentimiento de culpa que se llevará a la tumba. 

Demasiado viejo para vivir una nueva aventura.

¿O tal vez no?