Mostrando entradas con la etiqueta Fantasía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fantasía. Mostrar todas las entradas

jueves, 1 de julio de 2021

Historia de David Diego Sandoval y Aldana - 7º Mar

 


Enlace al audiorrelato en audio

¿Qué, que todavía no me conoces?

Echa un vistazo por alguna de las mesas, busca alguna jarra de vino sin dueño y siéntate. Ponte cómodo para escuchar las desventuras y romances de un servidor, David Diego de Sandoval y Aldana. Pues mi vida, como no hay otra, es historia de capa y espada.

Pero somos por quien nos hace ser, y mi historia se remonta a la de mis padres, concretamente a la ciudad real de San Cristóbal, en el ducado de Aldana. 

Mi madre, Cristina Sandoval, era hermana menor de Almudena Oquendo de Sandoval, que portaba el apellido más regio de castilla y es ahora madre del Buen Rey Sandoval. Sí, el hijo de la hermana de mi madre es el rey, lo cual, aunque pueda no parecerlo, no supone ninguna bendición.

Siempre me han dicho que el matrimonio de mi madre con mi padre, Santiago Villar, un rico conde de Aldana, fortaleció lo suficiente a la familia Sandoval y proporcionó a la Corona la liquidez necesaria para no salir derrotada de la Guerra de la Cruz, allá por Año Veritas 1636.

Nada más casarse, mis jóvenes y lozanos padres abandonaron su residencia del bastión familiar de los Villar, a los pies del Bosque Sandoval, para mudarse a San Cristóbal, donde tuvieron a su primer hijo y heredero en la corte. Mi hermano: el célebre Santiago Sandoval.

Pero no todo era felicidad en la corte, los problemas económicos y el devenir de la guerra amargaron el carácter de mi padre. Santiago, que no estaba acostumbrado a la corte real comprendió que debía convertirse en un hombre severo para sobrevivir a ella y que sólo con cinismo podría sobreponerse a sus enemigos. Pero mi padre seguía siendo un hombre de honor, y conforme aumentaba su poder también lo hacía su influencia sobre el rey, que lo llegó a considerar uno de sus mejores amigos.

Mi padre era sincero en un mundo de mentiras, y eso era algo que el Viejo Sandoval apreciaba más que a nada. Pese a ello, cuando le fue ofrecido el puesto de Grande de Castilla, en sustitución del puesto vacante en el ducado de Aldana, mi padre lo rechazó para seguir ejerciendo el poder en la sombra. Y es que el poder no lo era todo para él, pues nadie sufrió más la muerte del rey Salvador Sandoval que mi padre cuando, en 1664 murió durante la guerra. Ni siquiera la reina lo lloró, que hizo de mi padre uno de sus consejeros más de confianza.

Y es de si de mi padre heredé mi audacia, de mi madre hube de heredar el donaire.

Cristina Sandoval siempre vivió rodeada de lujos. Acostumbrada a la corte desde su más tierna niñez, fue criada para ser la heredera al trono en caso de que algo le sucediese a su hermana mayor. No obstante, donde Almudena poseía visión y fortaleza, rasgos esenciales en la política castellana, Cristina fue una figura maternal incluso antes de tenernos a nosotros. Dulce, sensible y devotamente religiosa, los nobles de todo el reino bebían de su mano y se arrojaban a sus pies. Conocida por muchos como “la Flor de Aldana”, duelos y justas fueron organizados en honor de mi madre, que ante la estupefacción de todos decidió escoger a un noble de provincias como esposo.

El nacimiento de mi hermano no significaba que el linaje estuviera asegurado. A mediados de la Guerra de la Cruz, cuando ya las tornas comenzaban a volverse en contra de Castilla, un único hijo distaba de ser suficiente para cualquier familia noble. Es por ello que, tras muchos y repetidos intentos de tener otro hijo, mi madre me dio a luz el mismísimo día de San Cristóbal del Año Veritatis 1644.

La controversia sobre mi ilustre nombre fue notable. Padre quiso llamarme David, como uno de sus antepasados, conde de Villar y antiguo rey de Castilla. Madre, por otro lado, quiso que portase el apellido Sandoval, lo que me introducía directamente en la línea sucesoria, tras el Buen Sandoval, mi hermano y otra docena de mozos más. La reina, por supuesto, se negó a que ese recién nacido rollizo y ya de buen ver portase el apellido real. Es por ello que mi padre acordó que llevaría también el apellido Aldana, para pretender el ducado del mismo nombre en caso de que mi hermano llegase a la corona y el puesto de Grande de España quedara vacante. Y cuando ya todo estuvo decidido y dispuesto para el bautizo, acudió nosequé cardenal de nosédónde y dijo que debía llamarme Diego.

Mis padres, maldita la hora a la que les pareció buena idea, decidieron hacer caso a todos ellos, porque en Castilla es bien sabido que donde hay pan para uno hay pan para seis, y ahora no soy capaz de escribir mi nombre en una línea completa sin tomar parte de la siguiente.

No es de extrañar, pues, que prefiera en la corte el nombre de David, con Sandoval si hiciera falta de apellido, a aquel pastiche de pomposos nombres y recargados títulos que es mi nombre completo.

Sí, sé que en este lugar y ante ti he decidido presentarme como Diego, pero déjame contarte lo demás de la historia.

Ojalá pudiese decir lo contrario, y no pretendo dar pena por ello, pero la vida en la corte del pequeño David fue accidentada e infeliz. A diferencia de mi responsable hermano, Dios no me había hecho para los profesores y los libros. O más bien, los profesores y los libros no estaban hechos para mí.

La escasa atención que me propinaba mi padreny la indolencia de mi madre hicieron de mí todo un pilluelo ingobernable. Era un pequeño pícaro, astuto como un demonio y peleón como el Tercer Profeta. Realmente no he cambiado tantos con los años.

Me pasé la infancia saltando por los tejados del palacio, manchándome de barro siempre que podía, enloqueciendo a mis cuidadores e institutrices y llevándome severas reprimendas por parte de mis padres y suspiros de reproche por parte de mi tía, que hacía lo imposible por mantenerme lejos de mis primos.

Pero aún así siempre estuve solo. Pese a la escasa diferencia de edad con mi hermano, él ya desde muy joven, heredó la seriedad de mi padre y sin primos o amigos con los que jugar, la vida de un niño puede ser mortalmente aburrida en la corte.

Y así fue, hasta que descubrí mi pasión.

Siempre me había gustado la música, bien la refinada que sonaba en los grandes salones de la corte, bien en los simples acordes y burdas melodías del populacho. Como buen castellano, mi educación fue también musical y he de decir que sigue sin haber balada que mis dedos no puedan arrancar de las cuerdas de una guitarra castellana, ni seguidilla que mis pies no sigan dispuestos a danzar.

Pero fue con Aldana cuando me di cuenta de que mi verdadera pasión era bailar con el acero en ristre. Que mis pies estaban hechos para dar el costado a mi rival, que la longitud de mi brazo era perfecta para marcar la distancia, que la agilidad de mis movimientos sólo me facilitaba el atajo. La Verdadera Destreza era un arte. Yo era un pintor y mi estoque era el pincel. ¿Y la música? Oh, la música que movía era toda esa posible paleta de colores.

Fue el noble castellano, Salazar de Veracruz, el que nos enseñó tanto a mi como al resto de jóvenes del Alcázar, el estilo de combate de Aldana. El jovencísimo Maestro Veracruz apenas tenía unos diez años más que sus pupilos y ya estaba considerado uno de los mejores espadachines de Castilla.

Era detestable. Hijo del marqués de Veracruz, la habilidad de Salazar sólo se comparaba con su vanidad. Sin estar obligado a servir en la guerra que la vida de tantos otros espadachines se cobraba, Salazar era miembro del Gremio y el más reciente ganador del Festival de la Espada de Odiseo. Nos hablaba a menudo de sus hazañas y aventuras mientras entrenábamos, usualmente para dejarnos en mal lugar. Especialmente a mí, que con mucho me la tenía jurada.

El vino que he tomado desde entonces me ha hecho olvidar aquello que hice que molestó tanto a mi primer maestro. Lo que sí es cierto, es que Salazar, que no tomaba bien los insultos al honor y que no podía vengarse de mí, que era sólo un niñato y uno de padres poderosos, comenzó a hacerme la vida imposible día tras día y a minar mi reputación frente al resto de mis compañeros.

Y se salió con la suya, al menos hasta que cumplí mis buenos 16 años y supe que mi fanfarrón maestro ya me había enseñado todo lo que había de saber en el arte de la Verdadera Destreza. Así fue cuando, tras la enésima vejación por su parte, decidí que ya había tenido suficiente y reté por mi honor a Salazar de Veracruz para que cruzásemos aceros de una vez por todas.

El muy desgraciado aceptó y se rio de mi propuesta, pues yo no había caído en cuenta de que al no pertenecer al Gremio de Espadachines, me era imposible luchar contra él. Había de buscar a otro espadachín para que me representara o el duelo, que había tenido la mala fortuna de hacer público, sería considerado ilegal.

Ante la deshonra que esto supondría para mí y para mi familia me apresuré a recorrerme San Cristóbal entera, buscando algún espadachín que fuera capaz de vencer al archiconocido Salazar de Veracruz.

Y tras mucho buscar hallé en una taberna de mala muerte con la legendaria espada de Guren de Barcino, al que le pedí, con lágrimas en los ojos, que fuese mi paladín. El viejo levantó la nariz de su enésima jarra de vino y con los ojos vidriosos me pidió que le pagara la siguiente.

Mucho me sorprendió saber que un mito para Castilla como él había acabado siendo un viejo putero y borracho, pero más me sorprendió aún que pese a que apenas pudiese caminar derecho al abandonar la taberna, fuera capaz de derrotar con facilidad al invicto Veracruz.

Tras presenciar este prodigio, me tiré a sus pies y le supliqué que me enseñara su estilo de combate. Capa en mano y estoque en otra, donde Aldana es todo velocidad y movimiento, Torres es paciencia y fortaleza, aptitudes que nada mal harían a mi carácter en combate.

El viejo Guren no quiso saber nada de un joven de una familia como la mía, y murmurando que los nobles y las mujeres solo dábamos disgustos se libró de mí y fue a gastarse a mi dinero en costosas meretrices.  

Pero aunque fuese un mujeriego y un borracho, una mera sombra del héroe de las historias, el viejo Guren seguía siendo mi ídolo. Y si no quería entrenar a un noble como yo, dejaría de serlo con tal de manejar el acero como él.

Así fue como una noche sin luna me despojé de mis lujosas ropas, robé el oxidado estoque de un borracho y adoptando el nombre de Diego, me sumergí en los arrabales de San Cristóbal.

Fue toda una sorpresa el encontrar que el viejo Guren ya era maestro de media docena de mozos como yo. El cabrón se hizo el vestenio y fingiendo que no me reconocía me aceptó como su aprendiz.

Bajo la tutela del cascarrabias de Guren aprendí el estilo de Torres y con el nombre de Diego de Aldana logré superar el examen del Gremio de Espadachines, ganando así mi primer triskelion.

Esto no significó que hubiera abandonado mi entrenamiento en el Alcázar, y con un Salazar de Veracruz mucho más lacio, a mis dieciocho años llegué también al término de mi entrenamiento en Aldana y tras superar el examen como David Diego de Sandoval y Aldana, gané mi segundo triskellion. Por supuesto, hube de mantener en secreto el primero, pues no estaba permitido por el Gremio de Espadachines poseer más de uno, ni tampoco estar registrado con distintos nombres y estilos de combate.

En mis clases con Guren, hice tan solo un único amigo: Alvara Arciniega, un habilidoso espadachín con el que entrené cientos de veces, compartí el doble de jarras de cerveza y al menos la mitad de mujeres.

Alvara y yo nos volvimos como hermanos, pero si bien él no era de familia pobre, sí que carecía de nobleza en su apellido, por lo que mis transformaciones en Diego de Aldana se tornaron más que recurrentes, hasta el punto de que me fue difícil seguir manteniendo a mi amigo el secreto de mi linaje.

Alvara y yo éramos parecidos en carácter y destreza, pero si yo encontraba mi pasión en los mundanos placeres de la vida, él siempre tuvo aspiraciones mayores. Mi amigo era un intelectual, y su prodigiosa mente era tan útil para la ciencia que yo me impuse la misión personal de acallarlo a base de hacerle beber de jarras y jarras de vino.

No lo conseguí, no obstante y para bien de todo Théah. Pues hace poco que el nombre de amigo se coló en los anales de la historia al inventar el telescopio reflectante después de sobrevivir a un ataque de la Inquisición. Estos monjes amargados tenían en mente una forma de acallarle mucho menos placentera que la mía.

Y es que pese a haber nacido durante la Guerra de la Cruz, nunca he entendido porque la gente ha de matarse por culpa de Theus. Si el dios de todos los theanos nos dio la vida, ¿por qué hemos nosotros de ir quitándola en su nombre? No lo entendía de niño, cuando me explicaron que Castilla estaba llevando la religión a los herejes a punta de arcabuz, y no lo entiendo ahora que Verdugo y sus esbirros parecen empeñados en sumir nuestro país en la miseria.

Yo, noble nacido y crecido en San Cristóbal, era demasiado joven y de padres demasiado ricos como para haber participado en la Guerra de la Cruz, pero de haber tenido elección dudo mucho que lo hubiera hecho. No es porque no crea en Dios, como todo buen castellano, sino porque no veo el porqué de matar cuanto hay tanto por lo que vivir. Quizá es que solo sea un romántico después de todo.

Y de romance va la cosa, pues corría ya el año 1662 y mientras mis padres se debatían entre meterme en un convento o casarme con una estirada noble montaignesa, yo pasaba el día haciendo honor a mi maestro y librando duelos en el mercado. Era en las tascas de alrededor donde acababa celebrando mis victorias entre doncellas de dudosa reputación o entre vinos de dudosa cosecha.

Diego de Aldana, o séase, yo mismo, corría de juerga en juerga, de duelo en duelo y de flor en flor. Pobre de mi que por entonces llevaba una vida tan disoluta y distinta a la de ahora. (Bebercio). Pero en fin, como a todo buen hombre le acaba por ocurrir, resulta que acabé posándome en una flor de la que no quise despegarme.

Y es que para mí Victoria Valdés nunca fue una puta.

Me enamoré, era mozo y era ingenuo. Ella era moza, sí, pero no era ingenua. Yo le di mi amor, todo el que un corazón joven podía llegar a ofrecer. Y ella así me lo hizo creer también. Fui suyo, pero ella nunca fue mía. No me vino mal del todo, no, pues cuando me abandonó sin despedirse siquiera me di cuenta de que el amor podía ser más cruel que el filo de una espada. Y jamás ha habido duelo ni hoja me haya lacerado tanto como la de Victoria. Pero no hablaré más de ella, no hoy que todavía tengo una sonrisa en el rostro.

Y es que si mi mundo pareció acabarse con el abandono de Victoria, Castilla entera enloqueció con la muerte del rey Sandoval y la postre invasión de Montaigne.

El Buen Sandoval era demasiado joven para reinar, y aunque varios nombres se manejaron para ocupar la regencia del reino, entre ellos el de mi padre, finalmente fue la jerarquía militar la que acabó domando la política para hacer frente al invasor.

Mi hermano y mi padre abandonaron San Cristóbal para acudir al frente junto a los ejércitos de nuestra familia. Destacaron ambos, por su valentía y su genio militar, honrando a los Sandoval y los Aldana en batalla.

Tonto de mí, no me vi venir el problema de quedarme en San Cristóbal. Pues esta vez mi madre, ahora sin la oposición de mi padre, me presionó con toda su voluntad para que me oficiase en la Iglesia Vaticana, con la esperanza de convertirme rápidamente en obispo. Mi pobre madre veía de la relevancia que figuras como Alfonso Sánchez cobraron durante la Guerra contra Montaigne, y quería que su segundo hijo siguiese sus pasos.

No sabía ella, que presionándome iba a lograr justo lo contrario. David Sandoval había sido un conformista frustrado, pero Diego de Aldana era indomable.

Tras despedirme de mi único amigo, me despojé de mis ropas, malvendí la espada familiar y con apenas un puñado de doblones en el bolsillo me hice a los caminos con mi capa y mi estoque como único equipaje.

El viejo Guren me había hablado una y mil veces sobre las doncellas de su tierra, por lo que al principio puse mis pies en camino de Barcino, en el lejano ducado de Torres. Ocurrió entonces que la guerra y el hambre, de las que tan lejos había vivido en San Cristóbal, acabaron haciéndome mella, y tras vagar durante días casi muerto de hambre y sed di con mis huesos en una acogedora posada del camino.

Dirigía el establecimiento una viuda que respondía al nombre de Geraldine LeFrère y regentaba una posada que desde el comienzo de la guerra se había convertido más bien en un hospital para refugiados. Yo mismo fue tratado como uno de estos, pese a que mi mirada no estaba perdida y mis ojos recobraron su brillo tan pronto como el estofado de Geraldine calentó mi estómago.

No me pasaron desapercibidas las atenciones de la viuda, y así fue que, pese a mi pronta recuperación, me hospedé en aquel lugar una larga temporada. Si bien cambié mi lecho por uno más cálido, por supuesto.

Geraldine LeFrère no poseía una belleza arrebatadora. No era una mujer delicada, más bien burda y de unos modales que habrían hecho enrojecer a mi madre. Pero su corazón…su corazón era tan generoso cómo sus proporciones. Tan ancho como sus caderas.

Su instinto maternal (pues Geraldine era madre de dos pequeños) hacía que tratase a todo el que demandaba ayuda con un cariño y un mimo muy necesarios en unos tiempos tan difíciles como aquellos. Quizá fue eso, el cariño que nunca había recibido, lo que me mantuvo meses a su lado. En ese tiempo la ayudé a regentar la taberna, a criar a sus hijos y a deshacerme de los malnacidos que osaban acercarse al lugar con pérfidas intenciones.

Pero llegado el momento sentí que debía marcharme. Geraldine era una buena mujer. Amable, generosa y tierna. Simplemente era demasiado buena para mí, por lo que pasados ya tres meses a su lado, salí del lecho en mitad de la noche y me despedí en silencio de mi amante y de los pequeños para marchar hacia San Juan.

La ciudad portuaria de San Juan, en la costa del ducado de Torres se había convertido en un campo de batalla. Sus habitantes, como si no tuvieran bastante con los montaigneses, se habían sumido en una guerra fratricida entre los partidarios de uno u otro bando. Y en una ciudad como esa, mi espada, por oxidada que estuviese, mucha valía a la hora de defender al que no tenía una.

Durante semanas ejercí mi oficio como miembro del Gremio de los Espadachines y una vez hube obtenido los doblones suficientes, compré un pasaje en un buque mercante que se dirigía hacia Vodacce. Había oído hablar a Alvara que esta tierra sus habitantes se tomaban la vida y la religión de una forma parecida a la mía, que las mujeres eran más bellas, que el vino era más dulce y que las guerras entre los Príncipes rara vez implicaban con cañones y arcabuces.

Y así partió mi navío hacia las aguas de la Bahía Espumosa con el fin de remontar el cabo de San Felipe para dirigirnos hacia el lejano este. No obstante, apenas habíamos cubierto una jornada en aguas abiertas cuando fuimos atacados por una goleta sin bandera alguna.

El buque que me portaba y su tripulación fueron incapaces de hacer frente a los cañones avalonenses y los avezados piratas que los manejaban. Cuando emprendieron el abordaje yo mismo despaché con la punta de mi acero a una docena de aquellos salvajes armados hasta los dientes. No pude, en cambio hacer frente a la temible capitana.

La capitana de “La Imbatible” era una avalonense de apenas metro sesenta, de una hermosura salvaje y una graciosa mueca en la comisura de los labios. Armada con un sable y una pistola de chispa se dispuso a derrotarme en singular duelo sobre la cubierta del buque. Yo, por otro lado, quedé tan obnubilado ante la intensidad de su mirada que depuse mis armas y le supliqué que me hiciera suyo.

Emma “The Eyes” Hopton me golpeó la cabeza por respuesta y me hizo perder el conocimiento.

Fueron un par de años los que la corsaria y su tripulación pirata me mantuvieron prisionero, obligado a servir en los remos de “La Imbatible” como si fuera un esclavo, ni siquiera grumete. Aunque sabía que si hubiera revelado mi verdadero nombre muy probablemente me habría librado de tan funesta tarea, me negué a permitirme volver a Castilla como rescate. Las galeras, aunque duras, eran mejor que el destino que me aguardaba en San Cristóbal, no me cabía duda alguna.

Además, así pude permanecer más tiempo cerca de ella.

La amaba, sus ojos encendían mi corazón, su mal carácter levantaba mi ánimo y su desprecio hacia mí solo la volvía más interesante. Yo no dejaba oportunidad en balde si eso me permitía acercarme a ella, aunque me valiese algunos latigazos. Dios. Adoraba a esa zorra de mar tanto como la odiaba.

A ella parecía divertirle mi insistencia y no pocas veces parecía querer entrar en el juego, si bien siempre me dejaba más caliente que un tizón y, normalmente, engrilletado en la bodega del barco.

Pero ella siguió sin darme lo que quería. Recuerdo aquella vez que La Imbatible fue atacada por una fragata vestenia, que Emma había tenido el mal tino de provocar. Los cañones estaban poniendo en riesgo el nombre y la reputación de mi amada, por lo que, pese a mis grilletes, me lancé por la borda y crucé la distancia entre ambos navíos. Subiendo por el casco, fui taponando uno a uno los cañones vestenios usando mi propia ropa mojada y enfrentándome mientras tanto a sus rifles y espadas.

Gracias a mi hazaña, La Imbatible logró escapar de una pieza de la que habría sido una celada mortal. Cuando me presenté en la borda y sonreí a Emma esta me propinó un bofetón y me mandó encerrar de nuevo en la bodega.

Grr, cómo quería a esa zorra.

Y sabía que finalmente me correspondería, y así llegó el momento en que Emma “The Eyes” Hopton cayó presa de mis encantos. Una temible tormenta hizo naufragar a la Imbatible, y ambos, la capitana y yo, quedamos solos en una isla desierta del Mar de la Viuda.

Allí, sin grilletes, calabozo o pólvora, ambos éramos iguales, con únicamente nuestra fuerza para imponernos el uno sobre el otro. Y vaya que si lo hicimos. Una vez. Y otra. Y otra. Perdí la cuenta de las veces, de las horas, de los moratones. Pero aún conservo las cicatrices como recuerdo.

Así pasó un tiempo, y corría 1666 cuando Dios quiso que vinieran a rescatarnos de aquel paraíso o de aquel infierno. Para suerte mía y desgracia de mi compañera, era un navío mercante castellano, en plena ruta hacia la ciudad de L´Aquila en Vodacce. No me costó mucho convencerles de que Emma era una peligrosa pirata que me había tenido secuestrado. Menos todavía cuando les enseñé mis cicatrices.  Más me costó persuadirlos de que debían llevarme con ellos a Vodacce, y mucho me temo que tuve que mencionar mi nombre y apellidos para lograrlo.

El capitán del navío, respondía al nombre de Sancho Narváez y había servido junto a mi padre y mi hermano en la guerra. Por ello reconoció nuestra semejanza y creyó mis palabras. Me hizo caso también, cuando le sugerí que pusiera a Emma bajo la custodia de las autoridades de Vodacce, pues sé que en Castilla la habrían colgado por un crimen como el suyo, pero no deseaba ver una soga alrededor de su exquisito cuello.

El capitán Sancho decidió seguir con su ruta esperada, y una vez hubieran efectuado sus negocios en L`Aquila, me confesó que pensaba devolverme junto a mi familia, que gozaba de una exquisita salud. Por supuesto, fingí estar de acuerdo y nada más atisbar la costa de Bernoulli y esa noche, nada más atisbar la costa en el horizonte, emborraché al bueno de Sancho, tomé uno de los botes y me embarqué yo sólo hacia la orilla mientras la amordazada Emma me asesinaba con la mirada.

Oh, sus ojos, qué ojos.

Me habían hablado de que si en Vodacce todo era vino, mujeres y depravación, en Bernoulli tan buenas eran estas tres cosas juntas que tenían que ocultarlas bajo máscaras de Carnaval. Era una idea tentadora, desaparecer entre la multitud y ocultarme tras una máscara, sobre todo ahora que en Castilla sabían que seguía con vida.

No me ha costado en el año que llevo en Potenza acostumbrarme a los usos y costumbres de Bernoulli. Entiendo el carácter vodaccio, y su pasión por los duelos es realmente lucrativa para un espadachín como yo.

Fue precisamente mi profesión lo que me acercó a mi siguiente objetivo. Considerando que habían vulnerado el honor de su dama de compañía, Vincenzo Bernoulli, hijo mayor del Príncipe Mercader Gespuci Bernoulli, me contrató para batirme en duelo con un rufián, también miembro del Gremio de Espadachines. Nada tenía que hacer el estilo de combate Ambrogia contra el ágil Torres, por lo que recordando al viejo Guren di un espectáculo como hacía años que no se daban en Bernoulli.

Pero parecéis no conocerme si pensáis que mi objetivo era labrarme la amistad de Vincenzo. Buena fue la paga sí, pero mejor aún fue la mirada que me dedicó la cortesana.

Alice Benedetto era la mujer más bella y femenina que jamás había visto. Su delicada figura parecía haber sido esculpida en mármol. Su rostro y su piel eran tan finos y pálidos como los de las diosas del antiguo Imperio Numanari. Había nacido para ser amada y para ser objeto de adoración.

Porque a diferencia de otras mujeres tan bellas como esta, una exquisita cortesana de Vodacce como era Alice había sido educada para complacer de una forma muy distinta a la de las mujeres de Castilla. Ella, con su apariencia frágil y delicada, era tan astuta como mi viejo maestro, tan erudita como mi viejo amigo Alvara, y tan hábil en la política como mi padre.

Su trabajo es el más sencillo y a la vez el más complicado. Los hombres hacen de ella un florero y ella sonríe. Los hombres hacen de ella su amante y ella los ama. Los hombres le confían sus secretos y ella no duda en aprovecharse de ellos para destruirlos.

Que yo mismo apareciese en su ventana una noche de verano sin nada que esperar de ella salvo su amor, debió suponer todo un soplo de aire fresco en su mundo de apariencia y decorado. Sé que ella no busca en mí más que una distracción, y sé que no dudaría en utilizarme si me viera útil para ello.

Y sé también que lo que a mí me mueve a su cama cada noche es, por un lado, las largas ausencias de Vincenzo Bernoulli, y, por otro lado, que soy incapaz de resistirme a sus encantos.

¿Amor? ¿Quién necesita amor para amar a Alice Benedetto?

Por tanto aquí me hallo, en esta taberna de la Cittá Sommersa de Potenza, mientras bebo y hago tiempo hasta que quede vacío un lecho que pueda ocupar, y no me mires así, Diodoro, pues estoy seguro de que tu historia es mucho más aburrida que la mía.

¿Cómo? Que tú tienes un objetivo en la vida. ¿Crees que yo carezco de uno?

Mi objetivo a corto plazo es acabarme esta jarra. En el medio plazo beberme al menos otra más y conseguir que no sea yo el que la pague. Y en el largo plazo es evitar que mi cuerpo acabe flotando por uno de estos canales, pues no son pocos a los que les gustaría verme muerto.

¿Te parece poco? Mi objetivo en la vida es vivirla. ¿Acaso se puede hacer otra cosa?

martes, 17 de noviembre de 2020

Guía de viaje del Padre Stone - Última Vuelta (FINAL) - Forgiven Desencadenada

La "Guía de viaje del Padre Stone" es el nombre que reciben una serie de posts de género fantástico-medieval, pertenecientes a la saga de relatos: Forgiven Desecadenada, que se haya ambientada en un mundo de creación propia llamado Gloom.

Si este es el primer relato que habéis encontrado de la sección os invito a leer la introducción a la misma aquí. Si deseáis empezar directamente a leer desde el primer capítulo podréis hacerlo desde este enlace. Y si en cambio queréis echar un vistazo a todos los capítulos publicados hasta la fecha, podréis hacerlo aquí o pulsando en "Guía de viaje del Padre Stone" en las Categorías del blog, situadas a la derecha de esta entrada. 

--------------------------------------------------------------

Décima Vuelta

"La orgullosa comitiva se dirigía hacia la Fortaleza Gris, el ciclópeo hogar de Blaine, tirano de Forgiven."

No me permitieron entrar en el templo.

"La casa de Dios está vedada para un alborotador como tú", eso me dijo el hermano que me impidió el paso. Había repugnancia en sus ojos verdes. No era el único allí con esa mirada.

Traté de explicarme y dije que había venido a ver al Padre Venerable. El sacerdote respondió que había sido el propio Puro quien había dado la orden.

Desesperado, apelé a la Sexta Regla de Cristal, pero ellos hicieron caso omiso a mis palabras. A nadie le importaba.

Me marché y Vanish me siguió en silencio.


Salí del Kandro Feliz tan pronto como abrí los ojos. Los gritos del último de los Doce de Vice se habían convertido en tenues gemidos de dolor a medida que pasaban las vueltas menores. Apenas había podido descansar. Vanish había dilatado la agonía del lysandro mucho más de lo que había creído posible. Pero Storm se había mostrado firme. Insultó a su torturador, lo maldijo y lo retó para que luchara contra él cuerpo a cuerpo, como un lysandro. Storm tenía la fuerte voluntad de un guerrero. Tardó una vuelta menor en suplicar por su vida.

¡Qué el Negro sangre sobre nosotros! ¿Cómo pudimos ser tan estúpidos? El plan para acabar con los Doce de Vice podría haber funcionado si no hubiéramos sido tan descuidados.

La culpa era mía. Titán nos había acompañado la primera vez que Fade y yo visitamos la casa de Vice. Debí imaginar que su guardia habría reparado en ella, así como en el resto de esclavos que nos escoltaron hasta el hogar del Notable.

Habíamos estado extrayendo la toxina de la boca de los kandros durante tres vueltas menores hasta que tuvimos el suficiente veneno para dejar a una docena de mercenarios fuera de combate. Pero el plan era demasiado arriesgado, y ambos sabíamos que estaba lejos de ser infalible. Si éramos descubiertos...Vanish había insistido en estar presente y usar su magia si todo lo demás fracasaba.

Maldición.

Había intentado que Vanish entrara en razón. Le dije que, aunque los Doce de Vice murieran, ya era demasiado tarde para continuar en el juego político. Su desaparición no pasaría desapercibida para el Gremio de Mercenarios y los Capas Grises no tardarían en fijar su mirada en nosotros. Además, una cantidad de poder semejante a la que había convocado no era algo que los Oscuros fueran a pasar por alto. Tratar de averiguar la fatal ventura de nuestros predecesores rebeldes había resultado imposible. Ya no podía ser nuestra misión, nunca lo había sido. Debíamos actuar de inmediato y alzar a los esclavos antes de que fuera demasiado tarde.

Mi testarudo compañero no quiso escucharme. Sí, coincidió conmigo en que debíamos poner el plan de liberación en marcha, pero pensaba reunirse con Silverborn de todos modos, con o sin mi bendición.

Salí de allí hecho un groaaco. 

Tendría que ser yo quien se ocupase de hacer todos los preparativos.


No iba a quedarme de brazos cruzados. No ahora que estábamos tan cerca. 

Extraje la energía de uno de mis argems negros. Coloqué mis manos con las palmas extendidas sobre la pared de gloomita y me concentré. Estábamos en la parte trasera del Templo de Crystaline. 

Sólo tardé unos segundos en sondear la roca y encontrar el acceso secreto. Moví la mano y la lisa piedra se abrió ante mí, revelando un oscuro pasadizo cuyo fondo estaba iluminado por la luz de las antorchas. 

Somnus tenía razón. El corredor conectaba con las dependencias interiores del templo.

Ofrecí a Vanish el gran argem hueco que Crystaline me había otorgado siete Vueltas atrás. Él lo necesitaría mucho más que yo. Me lo agradeció con un gesto y ambos entramos en el pasadizo.


Regresé a la botica de Galeno y allí me encontré con una agradable sorpresa. Somnus, que llevaba toda una Vuelta Mayor bajo los mágicos cuidados del curandero, ya era capaz de caminar por sí mismo, e incluso hablaba débilmente. Pese a que estaba lejos de hallarse completamente recuperado, al verme mi joven hermano se forzó en componer una sonrisa en su demacrado rostro. 

Había cambiado, sí, pero en el fondo seguía siendo el lysandro con aquella alma libre que había conocido en el templo tantos ciclos atrás. 

Feliz de poder hablar al fin con él, pasé las siguientes vueltas menores conversando con el recién recuperado sacerdote. Le conté sobre mi estancia en Forgiven, le hablé sobre mi misión y le relaté las peripecias de mi búsqueda. Abrió mucho los ojos con incredulidad cuando llegué a la parte en que visitaba el templo para hacer confesar a Wraith y casi cayó de la silla cuando le describí cómo había atravesado mi propio corazón con la daga de hierro de una sacerdotisa de El Negro

Por su parte, él me contó que llevado por el vino había desafiado a un par de sacerdotes de El Negro en una Vuelta aciaga. Pero estos no eran unas sombras cualesquiera, y Wraith y Fear se habían cobrado su venganza atacándolo mientras estaba ebrio. Y eso no había sido todo, pues tras dejarlo al borde de la muerte lo habían convertido en su prisionero. En ese momento, se encontraban cerca del templo de Crystaline, por lo que ambos demonios decidieron llevarlo al Vergel, donde coaccionaron al posadero para que evitara informar sobre su crimen. Habían torturado a mi hermano durante tanto tiempo y en tantas ocasiones que hacía mucho que había perdido la cuenta de las Vueltas. 

El buscador se estremecía al evocar su suplicio, por lo que le pedí que parase y le dije cuánto me alegraba de que no se hubiera rendido ante ellos. Sin embargo, teníamos que hallar la forma de que abandonara la ciudad.

Le hablé de la inminencia de nuestros planes y su rostro perdió el poco color que había ganado, sobre todo al mencionar mi determinación de hacer una última visita al Padre Venerable. Intentó disuadirme entre susurros y puso todo el empeño de su débil voz en ello. Pero mi decisión estaba tomada, y así se lo comuniqué, tajante. Somnus debía salir de la ciudad tan pronto como le fuera posible, y debía recoger el manuscrito que hallara en el Kandro Feliz antes de ello. Yo mismo lo dejaría allí a la primera vuelta de mañana, tan pronto como la tinta se secase. 

Como ya os habréis imaginado, queridos lectores y querido amigo Somnus, este que ahora tenéis en vuestras manos es el manuscrito al que me refería con esas palabras. 

Tengamos o no éxito en la Vuelta de mañana, mi camino concluirá de un modo u otro, y con él, esta guía de viaje, por lo que no tiene sentido que sea yo quien la siga albergando durante más tiempo. El propósito del registro de mi viaje tenía una finalidad práctica desde el principio, y aunque mucho ha cambiado todo desde entonces, no ha variado mi intención de que mis palabras sigan siendo útiles en el futuro ya sea para viajeros, eruditos, novicios, o apasionados rebeldes. Así, aunque yo muera, al menos permanecerá vivo mi recuerdo.

Oh, Somnus, una vez supiste que mi decisión era firme intentaste disuadirme para venir con nosotros. Pero no podía permitirlo, hermano, no esta vez. Tú ya has sufrido demasiado.

Pero recordarás, que hubo algo en tu historia que había llamado mi atención. No entendía cómo, pese a la negligencia del Sumo Sacerdote, esas sombras de El Negro se habían atrevido a secuestrar a un clérigo de Crystaline tan cerca de su propio templo. Aquí Somnus, te sonrojaste y me confesaste que te hallabas intentando entrar por una puerta secreta, escondida en la fachada trasera del santuario. No hizo falta que me dijeras que era un acceso habitual, usado por los más indignos sacerdotes para evadirse de las tareas de la orden.

Nuestra despedida fue dolorosa, como es doloroso el recordarlo al escribir estas palabras. Con las frentes apoyadas y mis brazos en tus hombros, deseé una última vez que Crystaline guíe por siempre tus pasos.

Adiós, hermano, adiós. 

Ojalá que en otra vida volvamos a vernos. 


Esta vez no lloré ante su puerta. 

Me anuncié a mí mismo en voz alta, clara y resonante. Puro abrió apenas una rendija y con voz trémula me pidió que me marchase, me dijo que había importantes asuntos que requerían de su atención.

Su aliento apestaba a mentira. Hedía a pecado. 

Empujé con mi magia la puerta de sus aposentos y el viejo no tuvo más remedio que dejarme pasar al interior antes de cerrarla lentamente. 

Vanish echó un discreto vistazo y permaneció en el pasillo, oculto. Puro no se había percatado de su presencia. 


Una vez salí de la botica me dirigí hacia de nuevo hacia el Kandro Feliz, pues con suerte Vanish habría terminado ya su conversación con Silverborn y yo podría coger papel y pluma para informar a nuestros escasos aliados sobre la inminencia y los detalles de nuestro plan.

Además, era en la propia taberna donde me había citado con Greed a la sexta vuelta menor para discutir los detalles de nuestro contrato, pues mi visita de la pasada Mayor al Gremio de Mercenarios me había arrojado una inesperada sorpresa.

Fue allí donde, por casualidad, reconocí por su curiosa armadura de escamas a Greed, aquel lysandro que nos habíamos encontrado hacía ocho Vueltas Mayores en la entrada de Forgiven. Llamé su atención y el mercenario se acercó a mí de buen humor. Ambos charlamos animadamente hasta que el Notable Smelter tuvo a bien el recibirme.

En ese tiempo, Greed me confesó que las muertes de Mason y de Vice habían dejado a muchos de los mercenarios que los servían sin trabajo, él entre ellos, pues había estado durante casi un deciclo vigilando uno de los campos de argems de los esclavos. Me alegró saber eso y decidí contratarlo por dos sigmas la Vuelta Mayor. 

Si su bruñido peto y lo afilado de sus armas no mienten, Greed se trata de un guerrero avezado y, aunque su lealtad dependa del tamaño de mi bolsa, sabiendo lo arduo de nuestra última tarea prefiero contar con toda la ayuda posible en nuestro empeño. Además, en el peor de los casos tan sólo tendría que pagar al mercenario una única jornada de su sueldo.

Ya casi había llegado a mi destino cuando los vi.

Por su indumentaria, supuse que Vanish volvía de su cita con Silverborn. Vestía el jubón verde y el lujoso brial que yo mismo había encargado para él por ser la moda entre los esclavistas de Forgiven. Sin embargo, su cabeza estaba gacha y sus rodillas flexionadas, como si fuera una serpiente de las rocas a punto de saltar sobre su presa. Amenazante, la mano enguantada de mi amigo estaba sobre la empuñadura de su fiel daga.

Frente a él, también en actitud de desafío, había un lysandro alto y fornido. Portaba la loriga argentada y la capa de color plomizo propia de la guardia de Forgiven. Su tullida mano derecha estaba completamente cubierta por un guantelete metálico que parecía adherirse al brazal de su antebrazo. Con la mano hábil aferraba su arma, una espada larga que de momento permanecía envainada. Su rostro estaba cubierto de cicatrices, la más terrible de todas ellas una vieja quemadura que comenzaba en su oreja para terminar en la cuenca vacía de su ojo izquierdo.

Fue por su único ojo como pude reconocerle. Tras capas y capas de odio y dolor se hallaba el alma de Maese Forgeron. 

Mi corazón se detuvo un instante al reconocerle, pero el tiempo siguió su curso y ambos, Vanish y Forgeron continuaron hablando entre dientes, danzando sin perderse mutuamente de vista. No tardarían en hacerse pedazos.

Ingenuo de mí, lo primero que hice fue alegrarme por su regreso, una voz cruel en mi cabeza trató de explicarme lo que veía diciendo que mi compañero había llevado a cabo una excelente labor de infiltración. Qué El Negro sangre sobre mí, por mucho que Vanish me hubiera advertido sobre ello, jamás habría esperado que fuera cierto que el herrero nos hubiera traicionado.

Pero allí estaba, portando con orgullo el uniforme de los Capas Grises

Le dijo a Vanish que no volviera a llamarlo Forgeron. Forgeron había sido capturado por la guardia mientras investigaba en las canteras de Mason; Forgeron había sido martirizado durante Vueltas Mayores en los oscuros calabozos de la Fortaleza Gris; Forgeron se había mantenido firme en los interrogatorios, no revelando información alguna sobre nosotros y nuestra misión; Forgeron había permanecido leal a la Rebelión y eso le había costado un brazo y un ojo. 

No, ya no era Forgeron. Forgeron había muerto, abandonado por sus compañeros en una celda solitaria. Forgeron había muerto pensando que lo habíamos olvidado. Ahora, su nombre era Torment, y lo habían enviado allí para destruir a Vanish.

Con pesar, comprendí que yo no era el único que había renacido. 

Crystaline, tú sabes que olvidarlo nunca había sido mi intención. Cuando no regresó de las canteras del Notable yo quise buscarlo, quise volver y preguntar por nuestro compañero, quise hallar su paradero también, como el de Somnus y Mason. Me preguntaba dónde estaría, dónde podía hallarse aquel meditabundo y entrañable lysandro, incapaz de encender una simple llama sin su insólita magia. Lo recuerdo aún, con expresión serena y las manos sobre la herida de Vanish mientras suplicaba su ayuda a Gea. No me había olvidado de él, Crystaline, lo juro.

Pero...Vanish... Él me convenció de que nos había traicionado, de que nos había vendido a los Oscuros o había desertado de la Rebelión y escapado de Forgiven. El pequeño me confesó que había algo en Forgeron que le inquietaba, quizá fuera que de algún modo percibía que, como él, el herrero también era un Garip. Pese a ello, yo jamás habría aceptado los planes de Vanish para silenciar a nuestro compañero. La de las canteras no fue su primera ausencia, y pensé que Forgeron regresaría de nuevo al Kandro Feliz con una nueva e increíble historia. Y la habría creído, pues pese al recelo de Vanish, yo siempre había confiado en la pureza del alma del Maese herrero.

Pero Forgeron no regresó de las canteras de Mason, y poco a poco mi confianza en él y en su regreso se había ido erosionando por los comentarios de Vanish, el único que seguía a mi lado. Tributo de Sangre. En el mejor de los casos, había llegado a considerar a mi compañero como una pérdida necesaria, un sacrificio más en la Guerra Eterna. Y Dios sabe que no son pocos los que he hecho para cumplir con mi misión. 

Y ahora, tal y como Vanish había profetizado, nuestro antiguo compañero había vuelto a por nosotros y, aunque fuera el mismo lysandro el que teníamos delante, poco quedaba del ánimo de Forgeron en Torment. Su habitual serenidad estaba crispada por la tensión. Su habla antaño sosegada ahora no hacía más que despedir odio. Y nosotros, nosotros éramos los culpables. 

Mis ojos se llenaron de lágrimas y no pude contenerme. Sollozé de pesar, pues no había lysandro capaz de impedir que mis dos amigos se mataran entre ellos. 

Torment escuchó mi llanto y alzando la cabeza sobre la figura de Vanish me reconoció. La mano que le quedaba tembló al llamarme por mi nombre. Alzó una voz rasposa, como si cada una de las palabras que pronunciara le clavase un hierro en la garganta. Nos instó a abandonar la ciudad y deponer las armas. Pathos, líder de la guardia de Capas Moradas de Blaine, nos había prometido un salvoconducto seguro a través de los Pilares del Mundo, pero sólo si aceptábamos su oferta. De lo contrario, Torment nos advirtió que no podía dejarnos con vida. Nos avisó a ambos, pero sé que se dirigía a mí mientras lo hacía. Vanish jamás habría escuchado sus palabras.

¿Era eso, Crystaline? ¿Debería haber aceptado su propuesta cuando todavía estaba a tiempo? ¿Debía renunciar a todo lo que lo había construido aquí por la Rebelión? ¿Al destino que me habías revelado?

No. No podía dudar entonces igual que no puedo dudar ahora. Sé lo que debo hacer, siempre lo he sabido.

Vanish contestó por mí y desenvainó su daga en un hábil movimiento. Al tiempo que lo hacía, el aire comenzó a vibrar y zumbar a nuestro alrededor. Iba a volver a hacerlo. 

"Me lo imaginaba", musitó Torment mientras desenvainaba e invocaba su propia magia. Con el sonido de un trueno, su espada y guantelete comenzaron a centellear con pequeñas chispas azules que saltaban de acero en acero.

Ambos eran Garip. 

Se arrodilló el sacerdote frente al cuenco.

Ninguno de los dos sobreviviría al enfrentamiento. 

Vació en su interior su bolsa de monedas.

No podía permitirlo, Crystaline. No podía hacer esto yo sólo. 

Colocó el argem con exquisita reverencia.

Debía detener aquella locura, aunque no hubiera lysandro capaz de hacerlo. 

Pidió su Don entre lágrimas doradas.

Espero que en el futuro puedan perdonar lo que hice. 

Y habló con la voz de los dioses.

Chasqueé los dedos y usé el poder de mis argems para alzar la piedra del suelo y recubrirlos a ambos de un armazón de gloomita. Fue la misma estrategia que había usado para defenderme del ataque de los sacerdotes de El Negro, pero sólo así me aseguraba de que escucharían mis palabras. 

Solo así me aseguraba de que comprendieran. De que Proto les hiciera comprender. 

Qué El Negro sangre sobre mí. ¿Qué no estoy dispuesto a hacer por mi propio ego? ¿Existe acaso algún límite que mi taimada alma no se atreva a cruzar?

Ambos escucharon mi voz con fascinación hasta que terminé de hablar y el poder de Crystaline abandonó mi cuerpo. Sentí como mis fuerzas desaparecían de golpe, y no pude evitar desfallecer de puro agotamiento. 

Vanish no dejó que cayera al suelo, y transportándose hasta mi ubicación me tomó entre sus brazos. Con la mirada entrecerrada pude ver cómo Torment se acercaba a nosotros. Había soltado su arma y su único ojo brillaba, lleno de lágrimas. 

Forgeron había vuelto. 

De nuevo los tres reunidos nos dirigimos en paz a la posada. Greed nos esperaba allí con expresión de sorna. 

Había mucho que discutir, todo un plan que elaborar y Forgeron... Forgeron tenía mucho que contarnos.


Esperé a que confesara su abominable traición. Pensaba que llegado el momento el Padre Venerable se arrepentiría ante Crystaline y asumiría la culpa por sus execrables pecados.

No lo hizo. Me dijo que era un estúpido por pensar tales cosas. 

Yo seguiría siendo un estúpido, pero su pecado era mayor; pues él, al igual que Wraith, también me había subestimado. 

Un pensamiento.

La roca bajo los pies de Puro detonó con un sonoro estallido. 


Cuando Forgeron se marchó de vuelta a la Fortaleza Gris me giré hacia Vanish y lo abracé de forma repentina. 

El pequeño se sobresaltó e intentó liberarse, aunque lo cierto es que no puso demasiado empeño en ello. Quizá el eco de la voz de Proto todavía resonara en su mente. 

A diferencia del de Diven, Vanish siempre había estado conmigo. Le había salvado la vida en nuestro encuentro con los ghuls. Conseguí cubrir su rastro cuando los carteles de su rostro aparecieron en toda la ciudad. Logré la indumentaria y lujo precisos para hacer de él todo un esclavista. Ideé el plan necesario para su alianza con Vice. Me enfrenté junto a él a los ladrones de la Mano Negra. Di mi voz para que consiguiera recuperar a Mason. Lo velé en la botica de Galeno, cuando estuvo convaleciente por sus heridas. Y me había puesto en peligro para ayudarle a acabar con los Doce de Vice.

Juntos, siempre juntos. Así había guiado sus pasos. Ambos compartíamos nuestro destino.

Y yo no podía hacer esto solo. 

Nada más deshacer nuestro abrazo clavé mis ojos dorados en los suyos, de color azabache, y confesé que esta vez era yo quien necesitaba su ayuda.

***

Puro hizo explotar el recubrimiento de argem. Las esquirlas del armazón de cristal salieron disparadas como afiladas estacas en todas direcciones. 

En apenas un parpadeo, un vórtice se abrió a mi espalda y la mano de Vanish me agarró de la túnica, tirando de mí hacia atrás.

Cuando volví a abrir los ojos me encontré sentado de culo en el suelo y la vorágine de magia desaparecía en el aire ante mí. Me giré con incredulidad y vi que las esquirlas habían atravesado la piedra de la pared de donde había estado. Me estremecí al pensar lo que habrían hecho de hallar mi carne. 

Mi hechizo había fallado, pero el combate continuaba delante de mí a toda velocidad. Vanish saltaba de portal en portal con tanta gracilidad que sus pies parecían no tocar el suelo. Sus estocadas provenían de todas las direcciones posibles, y el Maestro Cristalero empezaba a encontrarse en problemas para detenerlas todas con su gran escudo de argem. 

El viejo estaba agotado. Sudaba copiosamente y sangraba por una decena de pequeños cortes. Cada vez que sus reflejos fallaban y erraba en colocar la mágica protección de cristal, la inclemente daga de Vanish abría un nuevo surco en su carne. 

Pero no era suficiente.

Los fragmentos de argem explotaban alrededor de mi compañero, y se convertían en astillas voladoras que hostigaban a Vanish y lo hacían retirarse de un portal a otro para atacar desde una nueva posición. Era rápido, pero aun así no podía evitar que la mayoría de sus golpes se encontraran con el escudo de argem. Pese a sus excesos, el Sumo Sacerdote era diestro en el arte de la hechicería.

Al ritmo en que Vanish usaba su poder, la energía del argem hueco que le había dado no tardaría en agotarse y las heridas que infringía a Puro eran demasiado superficiales como para que el veneno de su arma actuase con rapidez. Él, por el contrario, no podía permitirse ser alcanzado por un sólo cristal.

Debía acudir en su ayuda antes de que fuera demasiado tarde. 

Me alcé del suelo y busqué en mi interior la llama de Crystaline

Bramé el nombre de Puro y sentí cómo el hereje enmudecía de terror al mirarme.

Cerré los ojos e inspiré siete profundas veces, buscando en cada aspiración la paz que había sentido durante mi sueño en la pirámide de cristal. Casi sentí de nuevo como los argems perdían luminosidad, cómo mi piel resplandecía con su brillo multicolor y mis ojos relucían de esplendoroso oro.

Pero no fue así. Aquello nunca ocurrió. 

Crystaline no estaba de mi lado. 

La daga se clavó en el corazón de Puro con un sonido sordo. 

A espaldas del traidor, Vanish jadeaba con la mano en la empuñadura de su arma. Miraba al suelo con el flequillo caído sobre su frente, ocultando así su rostro. Tras él, un vociferante portal de energía azul. 

Los ojos del Sumo Sacerdote se envolvieron en tinieblas mientras las piernas le fallaban. Cayó de rodillas. En apenas un latido de corazón, las heridas dejaron de derramar sangre para supurar pus negruzca y maloliente por todos los poros de su cuerpo. Al fin, el veneno surtía efecto. 

El hereje murió arrodillado, como si implorase por última vez a Crystaline que lo salvara. 

No había sido limpio. Lo había distraído el tiempo suficiente como para que Vanish hubiera invocado un vórtice fuera de su rango de visión. Él había empuñado el arma, pero había sido yo quien lo había asesinado. 

Mi compañero alzó la cabeza y extrajo con dificultad la daga del cadáver del viejo. 

No habló. Yo tampoco. 

El resto de los sacerdotes no tardaría en acudir alarmados por el ruido, y más aún cuando, al deshacerse la magia que los animaba, todos los cristales de la habitación cayeron al suelo con estrépito y se deshicieron en pedazos.

Debíamos marcharnos. 

Vanish invocó un nuevo portal, uno que nos sacara de allí. Se giró, invitándome a cruzar junto a él. 

Crucé, y no miré atrás mientras lo hacía.


¡Crystaline! ¡Él era un pecador! ¡Quebrantó las Reglas de Cristal! ¡Infringió el Código! ¡Envició la Iglesia! ¡Empozoñó la fe! ¡Tú mismo me lo mostraste!

Veneno. El viejo envenenaba todo lo que tocaba como si fuera belladona. Él era el origen de la oscuridad. Él amenazaba con quebrar la pirámide. Era un servidor de los Oscuros, un enemigo de la Rebelión, una vergüenza para la Guerra Eterna, una amenaza para nuestro plan. Un traidor, Crystaline, de los que tanto detestas. 

Maldito. Ese bastardo no se merecía su casto nombre. 

El hereje se había infiltrado entre nosotros, había robado el sagrado don del vidrio, se había engalanado con las santas vestiduras de un Padre Venerable y había regido el templo como bienamado tu heraldo. Blasfemaba, Crystaline, el viejo blasfemaba embriagándose con un vino que en verdad era nuestra sangre. Bebía la sangre de la Rebelión. 

No haber actuado habría sido negligencia. Un pecado de omisión, una falta en mi deber. Habría puesto en peligro todo lo que hemos construido en Forgiven. No podía flaquear en mi misión, no habiendo llegado tan lejos.

Y cuando dudé, tú mismo me lo mostraste. Tú mismo me revelaste lo que esperabas de mi sino. 

Me nombraste tu Elegido. Me trajiste de vuelta de la Tierra de los Dioses. Me hiciste entrega de tu brillante luz para expulsar la oscuridad de El NegroMe diste el poder de tu llama para purgar a abominaciones como él.

¡Maldito seas Crystaline! ¡Matarlo era mi destino!

Entonces... ¿por qué?

¿Por qué su rostro es lo único que veo cuando cierro los ojos? ¿Por qué no ceso de derramar lágrimas por su alma? ¿Por qué siento que la culpa oprime mi pecho? ¿Por qué tu luz me abandonó cuando más la necesitaba? ¿Por qué me inunda la terrible sensación de que he cometido un error?

¿Por qué, Crystsaline? ¿Por qué mis ojos vuelven a ser azules?

No puede ser cierto. No puedo haberme equivocado. No puedo haber malinterpretado tus designios. La llamada de la Rebelión, las señales, tu favor, mis dones, la onírica revelación... guiaste mis pasos a Forgiven para romper las cadenas de los esclavos en tu sagrado nombre. Vine aquí a expulsar a los Oscuros y devolver a Hiden su esplendor perdido. Por eso me convertiste en el Elegido.

¿No es cierto? ¿De verdad fuiste tú, Crystaline, quien me devolvió a la vida? ¿O es que todo ha sido una cruel pantomima del Dios del Engaño¿Acaso fui alguna vez tu Elegido? 

Callas. Callas ahora en el momento en que más necesito respuestas. Te desquitas, Dios Vengativo, por todas las veces que he dudado de ti. 

No importa. Abandóname si esa es tu voluntad, pues ya no necesito que sigas guiando mis pasos. Quizá nunca lo haya necesitado.

Sé lo que debo hacer, siempre lo he sabido. El trabajo de mi vida y todas estas Vueltas Mayores en Forgiven culminan mañana y ahora el viejo ya no puede interponerse en nuestro camino. 

Todo está preparado ahora que Forgeron ha regresado. Tenemos las armas, tenemos a los esclavos, tenemos la magia de Vanish y tenemos un plan.

Si tenemos éxito los esclavos serán liberados, tomaremos Ciudad Alta, los Notables serán depuestos de sus tronos de hueso y obligaremos a Blaine a abandonar Forgiven. La visión de Pane, Padre Venerable de Lysan, se cumplirá y entonces mi misión estará al fin cumplida.

Pero nuestros planes ya han fracasado antes, y mucho me temo que esta vez no contamos con un plan de emergencia. Si fracasamos, poco habrá que los dioses puedan hacer por nosotros. 

Porto la blasfema daga que una vez me dio muerte en uno de los bolsillos de mi túnica. No pienso dejar que me capturen y que toda esta pesadilla vuelva a comenzar. 

El viaje acaba aquí, de una forma u otra. 

Sé lo que debo hacer. Siempre lo he sabido.

martes, 10 de noviembre de 2020

Guía de viaje del Padre Stone - Vuelta 9 - Forgiven Desencadenada


La "Guía de viaje del Padre Stone" es el nombre que reciben una serie de posts de género fantástico-medieval, pertenecientes a la saga de relatos: Forgiven Desecadenada, que se haya ambientada en un mundo de creación propia llamado Gloom.

Si este es el primer relato que habéis encontrado de la sección os invito a leer la introducción a la misma aquí. Si deseáis empezar directamente a leer desde el primer capítulo podréis hacerlo desde este enlace. Y si en cambio queréis echar un vistazo a todos los capítulos publicados hasta la fecha, podréis hacerlo aquí o pulsando en "Guía de viaje del Padre Stone" en las Categorías del blog, situadas a la derecha de esta entrada. 

------------------------------------------------------------Novena Vuelta

"El suelo comenzó a vibrar mientras emitía un furioso zumbido."

Canción: Los Doce de Vice

Intro en audio y vídeo

¿Cuál es nuestra verdadera misión? Esa es la pregunta que no dejo de hacerme en esta Vuelta más que ninguna otra. La hago mientras miro en el espejo mis ojos dorados. Mientras paseo entre los cuerpos que riegan de rojo este lugar. Mientras escribo estas palabras con las manos manchadas de sangre. Ahora que tan cerca estamos del final no puedo evitar preguntarme cuál es el destino que los dioses nos tienen reservado a mis compañeros y a mí.

Romper las cadenas. Desde hace nueve Vueltas Mayores no he tenido otra idea en mente, y todos nuestros logros han ido dedicados a cumplir ese noble objetivo. Por deleznables que resulten nuestros métodos, el fin siempre ha sido lo suficientemente honrado como para justificarlos. Crystaline mismo está de nuestra parte, y refrenda nuestras acciones. Convencimos a Mina y Ferros, compramos el Kandro Feliz, nos aliamos con Vice, rescatamos a Mason y salvamos a Somnus. Mi muerte y mi renacimiento tienen un sentido. Incluso el sacrificio de Forgeron fue necesario. Toda la sangre que hemos derramado y todas las vidas que hemos destruido han sido solo por un bien mayor. ¿No es cierto?

Romper las cadenas, retornar la libertad a los esclavos, expulsar a los Oscuros y devolver a la ciudad el esplendor de la antigua Hiden. Esos han sido hasta ahora mis más firmes propósitos. Propios de la Guerra Eterna. Dignos de cualquier divina cruzada. Dios ha conducido mis pasos de vuelta a Forgiven con esa misión, acabar con todo lo que odio. Es mi destino, el del Elegido de Crystaline. No puedo haber malinterpretado sus señales. ¿O quizá sí?

El tabernero con olor a azufre nos mandó a esta ciudad con el objetivo de hallar a los rebeldes, nuestros malogrados predecesores, y rescatarlos en el caso de que hubieran sido capturados. Sin embargo, tras nueve Vueltas Mayores en Forgiven no hemos hallado ni rastro de ellos ni pista alguna de su paradero. ¿Existe acaso posibilidad de que continúen con vida? ¿De que se hallen ocultos en algún lugar, esperando el momento oportuno para hacer su aparición y ayudar en nuestra difícil tarea? No albergo muchas esperanzas. Esos desdichados se condenaron en el mismísimo instante en que posaron un pie en la Ciudad de los Esclavos. Quizá sea por eso por lo que apenas nos hemos esforzado en comprobarlo.

¿Y qué hay de mí? Crystaline me trajo de entre los muertos para cumplir una parte de su plan. En la revelación que me mostró era yo quien exterminaba las tinieblas que invadían su sagrado corazón. Esa es la voluntad de Crystaline, él mismo me la ha revelado. Debo cumplir mi misión, cueste lo que cueste. ¿Pero cómo? ¿Será suficiente con la liberación de los esclavos? ¿Retrocederá así la oscuridad? No, he de arrancar el mal de raíz. Es de lo único de lo que estoy seguro.

Pero no soy yo el único personaje de esta historia.

Vanish está furioso. En este mismo momento, y pese a los muros de recia piedra que nos separan, escucho los terribles gritos del lysandro que está siendo torturado por sus manos enguantadas. Casi es una suerte que solo yo quede en la posada para escucharlo. Casi. 

¿Qué hay de su misión, Crystaline? Su carrera como Fade, el esclavista, ha quedado truncada tras la traición de Vice, pero Vanish es un lysandro ambicioso, me convenció para llevar el plan hasta el final. Maldita la vuelta en que lo hizo, pero no puedo arrepentirme por seguir junto a él. Su ayuda es imprescindible. Poder. Veo poco de la rebelión en sus ideales, pero es poderoso, quizá incluso ahora que ha probado el sabor de la pérdida lo sea más que nunca. ¿Cuánto más ha de pagar?

Los esfuerzos por mantener la tapadera y continuar con el plan nos han costado un muy alto precio. 

Los cuerpos están por todas partes.

Lo necesito de mi lado. 

                                                             La sangre y el vino se entremezclan en el suelo de piedra.

Por él, el precio nunca es demasiado alto. 


El episodio con Vice había dejado a Vanish al borde de la muerte. La caída por el pozo había machacado los huesos de sus brazos, que de alguna forma habían recibido el impacto de la caída. Tenía un aspecto ridículo en aquella cama demasiado grande para él, sus extremidades alzadas habían sido cubiertas con varias capas de blancos vendajes y tablillas de metal. 

Pero se mejoraría, Galeno me lo había asegurado, sus esclavos lo habían traído a tiempo y la magia curativa sería suficiente como para que volviera a usar sus manos en poco tiempo y sin apenas secuelas. Había estado en situaciones peores. No obstante, era probable que todavía se encontrara débil mientras terminaban de sanar, no más de un par de Vueltas Mayores.

Descansaba, inconsciente, junto a mi propio lecho en el negocio de Galeno, donde el boticario había insistido que yo mismo permaneciera en reposo un par de vueltas menores hasta que tuviera la seguridad de que mis quemaduras habían sido sanadas por completo. Recelaba, no entendía cómo era posible que la energía de los argems hubiera acelerado la regeneración de mi cuerpo. Lo cierto es que no lo culpo por su recelo.

Somnus no había tenido tanta suerte como yo. Convencí al cirujano de que el buscador debía quedarse con él todas las Vueltas Mayores que resultasen necesarias. Crystaline lo mantendría seguro allí. Ahora que lo había salvado no permitiría volver a ponerlo en peligro. Asintió al ver mi mirada. Mis ojos dorados no admitían una negativa.

Poco pueden hacer las sanaciones de Galeno para devolver a mi hermano el vigor arrebatado por esos demonios de El Negro. Su cuerpo sanará, de eso no cabe duda, sin embargo, me temo que sea en su alma y no en su físico donde sus heridas se muestran incurables. Y ahí, hay poco que nosotros los mortales podamos hacer. Sí, es posible que Somnus jamás vuelva a ser el mismo. 

No, sé que nunca volverá a serlo. 

Velé a Vanish hasta que despertó entre gemidos de dolor. Casi parece haber pasado una eternidad desde la primera vez que lo hice, mientras escribía las primeras palabras de mi guía de viaje. Han pasado sólo nueve Vueltas Mayores. Apenas puedo creerlo. 

Mi compañero me contó desde el lecho cómo Vice y él habían traicionado a Mason, asesinándolo y asaltando su propia casa. Vice lo había hecho cómplice de aquella muerte para después acabar lanzando a sus mercenarios también contra él. No era algo del todo inesperado. En el combate, Vanish había arrastrado al Notable hasta un pozo seco por dónde ambos habían caído bajo la atónita mirada de su guardia. El cuello de Vice se había quebrado a causa de la caída y que sólo los brazos de mi compañero estuvieran rotos era todo un milagro del Dios de la Suerte. La oquedad conectaba con los subterráneos de la casa de Mason, y era allí dónde sus esclavos habían hallado a mi amigo, malherido, pero aún con vida.

Reí por la ironía de que hubiéramos acabado al mismo tiempo en el mismo lugar y ambos en tan deplorable estado, sin embargo, la muerte de ambos esclavistas suponía una gran oportunidad para nuestros planes. Y un terrible contratiempo. 

Con dos asientos vacíos entre los Notables de Forgiven, Fade tenía ahora más oportunidades que nunca para heredar cualquiera de los dos imperios. No eran pocos los que en Ciudad Alta conocían del trato que había unido los intereses de Vice a los de Fade. Su reclamación podría ser legítima, sin embargo, nosotros no seríamos los únicos peleando por tan jugoso premio, y nuestra posición en la política de la ciudad era demasiado débil como para saltar de lleno en una guerra entre esclavistas y esperar salir victoriosos.

Necesitábamos un nuevo apoyo para ocupar el hueco que Vice y Mason habían dejado, una alianza con otro Notable del que aprovecharnos para acabar traicionando en un futuro, y Vanish pensaba conseguirla a manos de Silverborn, Consejero de Oro de Forgiven.

No obstante, antes de mirar hacia las alturas debíamos enfangarnos en el barro. El asesinato de Vice se había llevado a cabo a puerta cerrada, pero eso no significaba que no hubiera testigos. Los doce lysandros que componían su guardia personal, algunos de los más caros de Forgiven, habían visto a su jefe y a Fade desaparecer en la oscuridad del pozo. Sólo ellos y Vanish sabían la verdad sobre lo que había ocurrido en aquella cámara. Con su muerte, cualquier oposición a la pretensión de mi compañero por heredar el imperio de Vice sería inapelable. 

Vanish me agarró de la túnica con sus malheridos brazos y me exigió que le ayudara a acabar con ellos. Dijo que debíamos seguir con el plan. Su mirada tenía el febril destello de la ambición. Estaba borracho de poder. El poder que tanto necesitábamos. 

Sé que debería haberme negado. Vanish me estaba pidiendo que fuera cómplice de la muerte de doce personas sólo porque se interponían en su camino de huesos y muerte. Crystaline no lo aprobaría. Debí haberme negado. Quizá si Forgeron siguiera con nosotros habría tenido otra idea, pero hace tiempo que el herrero nos abandonó. Todo ha cambiado. Vanish es lo único que me queda.

Acepté ayudarle.

***

Storm, último de los Doce de Vice, cerró la puerta tras de sí y se reunió con sus compañeros, que bebían y comían copiosamente en el salón principal del Kandro Feliz. Las agujas de mi sonuit marcaban la duodécima vuelta menor. 

Salí a recibirle con mi mejor sonrisa, me presenté como su anfitrión y le ofrecí una copa de vino. La rechazó con un gesto y se dirigió hacia el único asiento libre de la mesa. De camino hacia su silla miraba a su alrededor con recelo, como muchos de los mercenarios habían hecho nada más entrar. Observó la disposición de las mesas y las sillas, a los esclavos que servían la comida, y las puertas y ventanas del salón. Su mirada era la de un guerrero buscando posibles amenazas. Me resultaba vagamente familiar, aunque lo cierto es que Forgiven está llena de lysandros como su misma mirada. 

Sus ojos resbalaron sobre mí. Era muy probable que no me considerase un peligro. Al fin y al cabo, yo no era más que el cebo. 

Miré de reojo hacia la chimenea tapiada con piedra, el lugar del escondite de Vanish. Casi me había visto tentado de utilizar el Don de Proto con Galeno, que se negaba a trasladar a mi amigo al Kandro Feliz e insistía en que debía guardar todo el reposo posible. Por fortuna, la plata acabó por convencer al curandero, que refunfuñó entre dientes aceptando mis gammas. Aunque a mí también me preocupara su salud, la intervención de mi compañero sería imprescindible si el plan principal fallaba. Solo su poder nos era necesario, ni siquiera tendría que entrar en combate cuerpo a cuerpo, pues los esclavos se encargarían de ello. Además, él mismo había insistido. 

Pese a que moldear la roca no era mi especialidad, cuando hube terminado de convertir la antigua chimenea de la posada en un pilar hueco me sentí orgulloso de mi trabajo. En ese momento pensé que la diferencia con el resto de los pilares era casi imperceptible. Pero desde que el primero de los mercenarios había entrado en la taberna no dejaba de ver imperfecciones en la lisa de la pared de gloomita.

Por fortuna, ninguno de los antiguos guardias del Notable pareció percatarse de los diminutos defectos en la textura de mi creación, así como en la pequeña rendija a la altura de la rodilla mediante la que Vanish observaba el interior de la taberna.

Flames nos habría matado si hubiese visto su hogar dispuesto de aquella manera y el estropicio de la chimenea, pero habíamos logrado convencer al tabernero y a su esposa de que se marcharan durante un par de Vueltas Mayores a la casa de la hermana de ésta. Si el plan principal fracasaba su presencia en este lugar se convertiría en un inconveniente. A diferencia de los Doce de Vice, su sangre no necesitaba ser derramada. 

Una vez Storm se unió a ellos y los Doce estuvieron juntos algunas miradas se dirigieron hacia mí con expectación. No era para menos. Hasta ahora había rechazado sus inquisitivas preguntas con la excusa de que sólo me dirigiría a ellos cuando estuviesen todos juntos. La mayoría había aceptado entre dientes. Sospechaban algo. 

No los culpo por su desconfianza. Tras la muerte de Vice sus antiguos guardias habían quedado bajo la tutela del Gremio de Mercenarios, y había sido su propio líder, el Notable Smelter, quien se había puesto en contacto con ellos para que acudieran a este lugar con la misteriosa oferta de un trabajo similar al anterior y muy buen remunerado. Por supuesto, yo mismo había estado tras esa oferta.

Su recelo era natural, la mayoría de los negocios con el Gremio de Mercenarios se llevaban a cabo sin tanto secreto y con los detalles conocidos mucho antes del momento de contratar. Los mercenarios debían conocer las condiciones del trabajo por el que arriesgarían su vida, solo así se aseguraban de que el trato fuera justo. Oro por sangre. No era algo como para andarse con remilgos. 

Esquivé sus miradas dándoles la espalda y me dirigí hacia la parte de atrás de la barra. Desde las cocinas Titán, una de las esclavas de Vanish, me hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Cargaba un pesado fardo de tela en el que habían envuelto las armas de los esclavos para evitar el posible sonido causado por el tintineo del metal. Tragué saliva ruidosamente. Esperaba que no tuviéramos que usarlas. Si el plan funcionaba ni el acero ni la magia serían necesarios. Ordené a la esclava que preparara lo necesario para el brindis.

Pero no todo iba a ser tan fácil. Storm, el guerrero al que los Doce de Vice reconocían como su líder, se levantó ruidosamente de su silla y me interpeló con voz grave, exigiendo que me dejara de juegos y le trajera al verdadero contratante. El resto de los mercenarios mostraron su acuerdo con él dejando sus platos y copas sobre la mesa para mirarme en silencio. La mano de muchos de ellos se encontraba peligrosamente cerca de la empuñadura de sus armas. Me había encerrado en aquel lugar con doce experimentados y brutales asesinos, ¿en qué demonios había estado pensando?

Durante unos segundos que se me antojaron eternos, traté de contestar aparentando irritación, pero los nervios me jugaron una mala pasada cuando un terrible sudor frío impidió mi habla recorriéndome desde la base de la nuca hasta la parte de baja de la espalda. Contuve el temblor de mis manos e intenté reprenderles por su impaciencia, pero en esta ocasión las palabras se me atascaron en la lengua, que se había vuelto un peso muerto en mi boca. Maldición. Hablar era mi especialidad, pero jamás había estado tan tenso. Si fracasaba al intentar convencerles, el plan principal se echaría a perder. Y entonces todos correríamos peligro. 

Debía jugar la baza del anillo.

Logré disimular mi histeria mediante un convincente chasquido de mi lengua y extraje del bolsillo de mi túnica una gruesa sortija de plata que me apresuré a dejar sobre la mesa, bien a la vista de mis doce invitados. El anillo tenía como rúbrica la copa del Notable Vice. 

Los Doce de Vice inspeccionaron el sello de su antiguo amo con súbita sorpresa. Su rostro palideció como si les hubiese mostrado un fantasma, y poco a poco apartaron las manos de la empuñadura de sus armas. Uno de ellos incluso se levantó bruscamente de la mesa, alejándose un par de pasos con la vista clavada en la joya.

Casi sonreí al ver su reacción. Era justo lo que esperaba.

Los esclavos de Vanish habían tenido el suficiente sentido común como para saquear el cadáver del Notable antes de abandonarlo a merced de las bestias de las profundidades. Era gracias a su avaricia que teníamos el sello del fallecido esclavista entre manos, y por Crystaline que aprovecharía aquella ventaja en nuestro favor. 

Pero eso no necesitaban saberlo.

"Él me envía", dije con todo el aplomo que fui capaz de reunir. Su muestra de debilidad me había envalentonado y mi amada voz resonó con un potente eco por todos los rincones de la taberna. La incrédula mirada de los mercenarios se dirigió ahora hacia mí, mis palabras habían captado su atención.

Fue entonces cuando les di las razones por las que les había citado allí. Fade dio por muerto a Vice tras caer ambos por el pozo, pero el esclavista estaba hecho de un argem mucho más duro que el de cualquier lysandro. No murió, gravemente malherido fue capaz de arrastrarse en su agonía fuera de la profundidad de la caverna donde había sido abandonado y en pos de la Sexta Regla buscó refugio en el Templo de Crystaline. Allí los sacerdotes lo habíamos salvado de la muerte y entre plegarias de agradecimiento a Crystaline confesó al Padre Venerable lo ocurrido y su ánimo de venganza hacia el traidor que había intentado asesinarle. Este le prometió la ayuda de la Iglesia de Cristal en su empeño. 

Sin embargo, debía actuar con discreción, pues sólo estaría a salvo mientras Fade pensara que realmente había muerto. Si descubría que Vice se hallaba con vida, el asesino no dudaría en acudir donde fuese a acabar el trabajo, no importaba lo inexpugnable del lugar en que se escondiera. Era esa la razón por la que su supervivencia había sido mantenida en tan celoso secreto. 

Observé con satisfacción sus expresiones de estupefacción, algunas incluso de terror. Murmuraban juramentos mientras se miraban los unos a los otros. El lysandro que se había levantado intentó retroceder de espaldas hacia la puerta, pero tropezó con sus propios pies y cayó de culo. Su rostro era del color de un argem hueco.

No era para menos, a su modo de entender era probable que su irreflexivo amo tratara de culparlos por haberlo abandonado al fondo de ese pozo, creyendo que había muerto. Naturalmente nadie había acudido a recoger el cuerpo y comprobarlo, eso era trabajo de los sacerdotes de El Negro. 

Ellos querían creer en mi historia. Querían creer que su amo había sobrevivido. Toda esta pantomima en la que se basaba nuestro plan confiaba en que la lealtad de los Doce de Vice se mantendría pese a la muerte de su amo. Y no me equivocaba. Mi experiencia con Armour me hecho aprender que la guardia personal de los Notables forma parte de un curioso grupo dentro de Forgiven. Al principio pensé que el honor del que la lysandre hacía gala había sido una característica propia, pero me equivocaba. Había descubierto que los miembros del Gremio de Mercenarios de Forgiven tenían implantado un firme código moral que les obligaba a mantenerse fieles al Notable al que servían, mucho más allá de su contrato. De hecho, la devoción por su amo parecía muy superior a la que había podido observar en los guardias entrenados por las casas nobles de Lysan. No, los Doce de Vice no eran simples sicarios.

Pero no todos se mostraron tan predispuestos a confiar en mis palabras. La mano de Storm seguía en su cinto, cómodamente apoyada en la empuñadura de su gran mandoble. Él no murmuró. Su rostro ceñudo estaba ahora fijo en mí y sus músculos estaban muy lejos de la tensión que envolvía a la mayoría de sus compañeros.  No, no iba a ser tan fácil.

Con tono sosegado, pero grave, me desafió, alegando que no pensaba creer las palabras de un sacerdote. Nada más escuchar retumbar la voz de su líder, los Doce dejaron de murmurar y sus caras volvieron a mostrar su natural recelo. Maldición. Si no fuera por él los habría tenido comiendo de la palma de mi mano. 

Sé que pensáis que con el favor de mi dios todo esto habría sido mucho más sencillo. No obstante, no iba a degradarme a utilizar el Don de Proto en este lugar, no con ellos. Hacerlo iría en contra de la Segunda Regla. Crystaline jamás lo habría aprobado. 

Necesitaba más pruebas. El guerrero era un hueso duro de roer e iba a necesitar mucho más que el anillo de un muerto si quería convencer a Storm de mis palabras. Pero una vez lo hiciera, los Doce de Vice caerían en la trampa, estaba seguro de ello.

Obvié el creciente temblor de mis músculos y respondí al desafío de Storm alegando que podía marcharse cuando quisiera. El amo no obligaría a nadie a servirle. Sin embargo, a aquellos que le ayudaran a completar su venganza, el Notable les recompensaría con creces. 

Al tiempo que decía estas palabras, dos de los esclavos dejaron frente a la mesa una pesada arca de piedra. Los Doce de Vice observaron el cofre, curiosos, pero su curiosidad pronto se convirtió en avaricia cuando retiré la tapa y la luz del fuego reflejó los destellos dorados y multicolor de las rebosantes sigmas y argems.

En el interior de ese cofre se hallaba toda la fortuna que nos restaba, además de los beneficios que habíamos logrado obtener con la compra del Kandro Feliz y la totalidad del caudal que el Dios de la Suerte me había otorgado gracias a mis constantes súplicas durante estas últimas Vueltas Mayores. Al fin y al cabo, Crystaline siempre se ha guardado porque sus sacerdotes jamás tengan vacíos sus bolsillos.

Con toda la convicción de la que fui capaz, afirmé ante los embelesados mercenarios que tenían ante ellos el tesoro que había sobrevivido a la rapiña de los antiguos aliados del Notable. Esta, a partes iguales, sería la recompensa para aquellos que accedieran a renovar el contrato y colaboraran con Vice en su venganza. Yo mismo estaría dispuesto de entregar en ese momento un generoso anticipo a todos los que aceptasen.

De nuevo, los mercenarios se miraron entre ellos y murmuraron su admiración casi sin aliento. Los Doce de Vice no eran simples sicarios, pero ningún lysandro podría mostrarse indiferente ante la promesa de una riqueza semejante. Tal cantidad de sigmas bastarían holgadamente para pagar un cómodo retiro en cualquier ciudad de Gloom. El propio Storm titubeó, confundido. Lo había tomado por sorpresa. 

El plan estaba funcionando. 

Antes de que pudieran reaccionar ordené a Titán que dispusiera los preparativos para el brindis. La grácil esclava se dispuso a colocar sobre una bandeja plateada trece pequeñas copas de vino que serían servidas a los invitados. La cantidad de líquido en cada una de ellas era escasa, no daría para más que un trago, pero nada importaba menos que el volumen de la copa. 

Un brindis. Las reglas no escritas de los esclavistas de Forgiven eran claras: el trato no estaba cerrado hasta que ambas partes brindaban y apuraban su copa de un sólo trago. Nuestro plan guardaba una dulce justicia poética, después de todo ¿no era el blasón del Notable Vice una copa?

Alcé mi propia bebida en un gesto con el que hacía entender que daba la negociación por concluida. Los mercenarios alzaban sus copas conforme Titán las ponía en sus manos, algunos con reticencia, otros vacilantes. 

Dudaban. La mayoría de ellos me miraba con indecisión. Esperaban una muestra más de confianza.

Les dediqué mi mejor sonrisa y tras invocar el nombre de Vice me llevé la copa a los labios. El detestable sabor del vino invadió mi paladar por completo, pero me esforcé por mantenerme firme. Habíamos llegado demasiado lejos como para echarlo a perder por mi culpa. 

Los Doce de Vice asintieron con satisfacción al verme beber junto a ellos. Aquellos que ya tenían las copas en sus manos las entrechocaron con ánimo e invocaron con tono firme el nombre del Notable Vice, jurando compartir su venganza.

Mientras Titán acababa de servir el vino, felicité a mis invitados por su intrépida decisión y me di la vuelta, aproximándome hacia el arcón de oro con la excusa de ofrecerles el anticipo que les había prometido. 

Ya notaba cómo el sopor se apoderaba de mí cuando escuché el horroroso estrépito del metal chocando contra la piedra. 

Un latido

Maldición.

Me giré lentamente hacia el sonido mientras sentí como el tiempo se ralentizaba hasta hacerse casi insoportable. Mi propio pulso era ensordecedor. 

Un latido

Storm tenía firmemente agarrado el brazo de la esclava de Vanish, mientras clavaba su mirada en ella. 

En los oscuros ojos del guerrero vi un destello de comprensión. 

La había reconocido. 

Un latido

El contenido de la última copa se derramó por la mesa y la saliva de kandro borboteó de forma reveladora. Veneno. 

Solo yo había bebido. 

Un latido

Desenvainaron sus armas. Storm vociferó mientras dirigía su enorme espadón hacia mí. 

Ya no había vuelta atrás.

Un latido

Le grité que se detuviera, que no lo hiciera.

Pero Vanish no quiso escucharme. 

Un latido

El suelo comenzó a vibrar mientras emitía un furioso zumbido. 

Era demasiado tarde.

Un latido

En apenas un latido de corazón, un vociferante portal de energía azul apareció en la taberna, llevándose consigo a once de los Doce de Vice, a los que absorbió y engulló con una fuerza irresistible.

Lo último que escuché antes de perder la consciencia fueron sus gritos de terror mientras desaparecían para siempre en sus fauces.

Oscuridad